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Terrorismo | En mi país hubo una guerra – El Salto

Terrorismo | En mi país hubo una guerra - El Salto


En mi país hubo una guerra. Las palabras (a veces) construyen realidades, delimitan y dibujan sentidos y expresan dolores antiguos y heridas sin restañar, anhelos de un futuro mejor y sentires colectivos. Los diccionarios no son solamente tratados lingüísticos, sino auténticos ensayos políticos que desvelan la ideología de quienes construyen los relatos sobre los que se edifican cotidianidades y comunidades y memorias colectivas. Es por esto que cómo definamos el pasado de un pueblo condicionará su futuro. En mi país hubo una guerra.

Una guerra es un conflicto bélico sobre un suelo determinado que enfrenta a dos o más bandos por el control del territorio o los recursos del mismo, son las experiencias de quienes las viven, tangencial o directamente implicados, son los silencios que pesan una vez finalizadas, es la exaltación pública de los vencedores y la losa que se impone sobre la memoria de aquellos que han sido derrotados, desterrándola a lo más privado, a la imposibilidad de expresarla en el espacio público, a la vergüenza.

En mi país hubo una guerra. Existen muchas maneras diferentes de nombrar a mi país. Algunos lo llaman Euskadi. Otros País Vasco. Hay quien mira más allá del Bidasoa y dice Euskal Herria. A mí me gusta pensar, como dijo el escritor donostiarra Jose Luis Álvarez, Txillardegi, que mi patria (y la del resto de los euskaldunes) es el euskera, porque me permite anidar en casa en cualquier parte del mundo. En mi país hubo una guerra. No creo que de ocupación y resistencia, como dicen algunos. Pero sí de maneras diferentes de sentirse vasco, de habitar las siete provincias, de cómo resolver tener un país que vive en dos Estados, de entender quiénes son los vascos, de ideas distintas de comprender el pasado de un pueblo.

El franquismo declaró la guerra a los euskaldunes y al euskera, confinando su identidad y sus sentires a lo más profundo de aldeas remotas escondidas entre el verdor de sus montes, al interior de los caseríos

El franquismo declaró la guerra a los euskaldunes y al euskera, confinando su identidad y sus sentires a lo más profundo de aldeas remotas escondidas entre el verdor de sus montes, al interior de los caseríos, a solamente las relaciones entre aquellos que no vivían en las ciudades, donde la presencia visiblemente más numerosa que en el ámbito rural de las fuerzas y cuerpos de seguridad del régimen reprimió una lengua, una cultura, una historia, una forma de nombrarse en el mundo.

Mi país es un territorio verde y gris y marrón y azul, diminuto y salpicado de pueblos pequeños, de microrrealidades, que ha conocido el dolor de más de un bando. Desde Madrid resonaban los ecos enfurecidos de voces que gritaban “asesinos”, pero en el interior de Erandio, de Irún, de Zizurkil, de Goizueta, de Tolosa o de Getxo, todos, todo el pueblo, conocía más de un testimonio. Fueron los asesinatos por parte de ETA, de los GAL, del Batallón Vasco-Español, las torturas policiales, el miedo que inspiraba la comisaría de Intxaurrondo y lo que allí se perpetraba, son los miles y miles de kilómetros de viaje de familiares para visitar a quienes estaban (y están) presos, sin entender el porqué de un conflicto del que no participaban, pero que atravesaba su vida. Son las viudas de los muertos llegando a casa años después de la desaparición de sus compañeros con dianas pintadas en la puerta, quienes se afiliaban a partidos políticos para intentar esclarecer por la vía de la palabra un clima enrarecido en el que todo el pueblo sabía a quién apoyabas, quienes descubrían por estar en una determinada lista que necesitaban vivir con escolta o la lógica enloquecida de la justicia española en la lucha antiterrorista que cerraba publicaciones en euskera sin juicio alguno o detenciones exacerbadas. Hubo quien perdió la libertad, otro que perdió una pierna. Hubo muchos que perdieron la vida.

Estos días está en boca de muchos el cartel promocional de la serie Patria, producida y distribuida por HBO, basada en la novela superventas de Fernando Aramburu. En él se muestran dos imágenes. En una, una mujer sostiene el cadáver inerte de su marido bajo la lluvia gris y plomiza. En la otra, un cuerpo maniatado y desnudo sobre el suelo de una comisaría. Las críticas en redes sociales y desde tribunas periodísticas no se han hecho esperar. Equidistantes, amigos de los etarras, se lo merecían.

Todavía no se ha producido una gran conversación en la cual los temas sobre la mesa sean la toma en consideración de todas las posturas políticas, la importancia del papel de la memoria. La verdad, la justicia y la reparación, para todos, sin distinciones

Sin embargo, hay algo que comparten las dos imágenes. Y es el silencio y la soledad. Aunque la mujer llore y grite, aunque el hombre torturado tenga a sus torturadores detrás charlando, los dos están solos, nadie los oye, ya nadie puede oírlos. El dolor que produce que te roben una vida, la palabra, la dignidad, es un dolor conocido por muchos en mi país. Nuestra historia reciente está repleta de pérdida y de tristeza, porque todavía no se ha producido una gran conversación en la cual los temas sobre la mesa sean la toma en consideración de todas las posturas políticas, la importancia del papel de la memoria. La verdad, la justicia y la reparación, para todos, sin distinciones. El reconocimiento en público al dolor del otro. Por una vida robada, a punta de pistola, por una vida secuestrada en una cárcel a muchos kilómetros de lo que marca la ley. El reconocimiento en público al valor del otro, por afiliarse a un partido político español para trazar un futuro de paz, por abandonar una vida que aniquilaba otras vidas y apostar por construir un país libre, donde las ideas sean discutidas en ágora pública en buena lid, porque no sean ilegales.

Debates como el surgido en torno a la promoción de la serie pueden ayudar a esta resolución, a hablar de penas antiguas y de voces acalladas, siempre que, desde las voces que son más escuchadas, se hable desde el cariño y desde el compromiso por un futuro mejor

Las soflamas desde la comodidad de quien no ha vivido este conflicto, de quien no conoce de primera mano ambas realidades, no solo no ayudan a establecer un escenario en el que la resolución y el recoser heridas sea posible, sino que prescriben soluciones que no son tales, sino silencios dolorosos y enraizados. Tengo la sensación de que debates como el surgido en torno a la promoción de la serie pueden ayudar a esta resolución, a hablar de penas antiguas y de voces acalladas, siempre que, desde las voces que son más escuchadas, se hable desde el cariño y desde el compromiso por un futuro mejor y no desde el intento de apuntarse tantos políticos pueriles.

Muchos pensamos que en mi país hubo una guerra, y que hablar y el encuentro con el otro son los únicos métodos para dejar paso a una nueva etapa que reconozca a todos los que vivieron aquellos años y habitaron esas ciudades, esos pueblos y esos caseríos.



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