Economía

Salón de relegados (XI): Oswaldo Trejo

Salón de relegados (XI): Oswaldo Trejo


Oswaldo Trejo /
venezuelaehistoria.blogspot.com

Oswaldo Trejo (Caracas, 1957 – 2009)

Narrador venezolano —Premio Nacional de Literatura de Venezuela en 1988— cuya obra se caracteriza por ofrecer bordes experimentales, donde la anécdota va jugando con el ritmo coloquial en un desenfadado tratamiento de los tiempos verbales.

No es fácil leer a Trejo. Su búsqueda de giros idiomáticos se acerca más a lo que quiera entenderse por prosa poética o narrativa lírica que a la concepción de la novela surrealista o el relato breve.  A continuación ofrecemos tres textos provenientes de sus libros Al trajo, trejo, troja, trujo, treja, traje, trejo (1980), Textos de un texto con Teresa (1975) y Una sola rosa y una mandarina (1985)

***

Ellos llegaron son sombrero de copa 

Debían apurarse, teniendo en cuenta la nueva prueba de demostrar sus experiencias en resolver los problemas más difíciles, para lo cual eran reclamados por el Presidente. De sudores sabían sus almidonados cuello, camisetas, largos calzoncillos colindantes con las ligas de las medias, pantalones de pretina a ras de las tetillas.

Hallaban los dos que la calle era escalonada y que el edificio no tenía puertas ni ventanas. Amigo: desafortunadas tiendas, también aquí, una calle como acera, el frente de un edificio, ¡amigo mío!, sin palos para colocar banderas. Acallaban al vendedor de lotería, ¡déme usted el terminal 83!, ¡yo quiero para mí el 07! También loteros y, además, ¡cuántos melenudos!

Haremos traer a Pablo El Pájaro para que sepan allá adentro cómo el italiano pintaba palos y banderas, y cómo vestían antes los melenudos. ¡Qué diferencia!

Ellos llegaron con sombrero de copa, y a sus miradas de disgusto los melenudos correspondían con las suyas, de mayor señalamiento, porque los ridículos eran esos sombreros, y hasta habrían entonado el himno nacional de estar enterados de que los sombreros de copa no iban con los trajes corrientes que llevaban.

Estaban urgidos de entrar. ¡Por dónde y cómo! A falta de flechas, ofrecían a la calle sus buenos modales y sonrisas. Sí, optimismo y nada más, dijeron después de consultarse. Debían ganar el más allá de esas paredes y, una vez adentro, buscar donde sentarse, descansando antes de iniciar operaciones.

Efectivamente, es un edificio más, como todos los de ahora, reñido con el gusto clásico. Mirándolo, recordaban otros con artesonados, estucos, altas puertas, honradores de sombreros y diademas, de nobles menesteres como los suyos, de los que habían hecho profesión. Esta vez, como jubilados, iban a actuar en una situación de emergencia, o necesitada de apellidos.

Donde algunos confundían a funcionarios con visitantes o viceversa, y otros malentendidos ocurrían con frecuencia, ya nada era extraño en los primeros días. No lo eran unos sombreros de copa en cabezas venerables, ni esa cordialísima manera de agarrarse dos señorones para andar, diciéndose en voz baja que entre la calle y las oficinas, donde no funcionaba el aire acondicionado, se quedaban con la calle. ¡Sabe Dios si nos iremos por esto y otras cosas de melenudos, de melenudos aquí adecentados por otra vestimenta!

Cheverísimo que el edificio no tuviera puertas ni ventanas. ¡Un calificado funcionario utiliza esa palabra! Fue aceptada y ya viene en alguna correspondencia. En vez del tengo a honra avisar recibo de su atenta nota, escriben chévere nota. Tampoco se dice avisar recibo sino avisar el recibo de su atenta nota. También, de paso, ustedes usan mucho eso de a celebrarse, en lugar de que se celebrará, porque como le tienen tanto miedo al que por no saber usarlo, caen en peores errores al rehuirlo.

De las grandes grúas amarillas, pescando en vecina excavación, una los habría puesto ante la entrada del edificio, vistosamente ancha. Sus reparos tan frecuentes, calentaban a quienes, con títulos recientes y buena voluntad, estaban trabajando en el lugar. ¡Criticones, que sin previo anuncio sí pueden ver al Presidente, regresando al blanquísimo escritorio que les han adjudicado! El único de que ellos disponían. Ni siquiera se sentaban frente a frente, sino uno al lado del otro, coincidiendo en que nada marchaba bien, ni aún las miradas para aquellos sombreros de copa, tan inofensivamente puestos en el escritorio.

¡Qué chéveres se ven los dos! Otros creían lo contrario, que arropaban con palabras su tristeza en demasía por no ser tenidos más en cuenta, arrancándose los días que restaban de permanencia en el lugar, hasta cuando los actos que reclamaban tanta dedicación y protocolo, concluyeran.


El Mismísimo

Un susto afuera, sin El Otro susto adentro, con Su Persona en persona.

Conque asustado, ¿no?

También.

¿Escondido de los historiadores, los académicos, los patriotas; de los apropiados de El Libertador?

Tampoco.

Se los dijo o no que, según los escritos, los hechos y El Testamento, además de liberal era también conservador donde las circunstancias se lo aconsejaban, ¿se lo sostuvo o no? ¿se los repitió o no?

También.

Entonces de donde eso, de que con un solo pensamiento, con una sola manera de hacer, consumada una de las empresas más complejas.

Sí.

Cosas de la gente del país, donde la gente se desclasa para ser revolucionaria. Esto crea una confusión tal que la revolución ya no encuentra a quien hacerle la revolución, ¿sí o no?

También.

Él, Su Excelencia, de desasustador. Él, el mismísimo Señor.

O, Enriqueta o Doña Pina.

El lloro provocado y ya sin él, una vez visto el gran salón vacío. Regresado, hasta la llegada del momento.

A Enriqueta, a doña Pina, a quién el turno de morir de enfriamiento. Ninguna muerte mejor que esa aun para las cosas de enfrente, donde inacabada la iglesia, embargados los árboles, desalojadas las plumas de los cuerpos de los pájaros y otras aves.

Entre tales presencias y las de automóviles, calles, edificios y personas de todas las edades; ninguna diferencia en el progresivo deterioro.

Así las cornisas, así las ventanas, así los pisos de la casa de doña Pina y así ella, adentro abandonada a su enfriamiento. Nada que hacer, última frase escuchada de los ya desentendidos familiares, en otros lados de la casa y de las afueras.

A lo largo y a lo ancho del cuerpo el vidrio a cuyo través lo ven quienes se empinan, pues está en el centro de un gran cuadrado, de macizo oro trabajado, a la entrada del patio cubierto del palacio.

Llegando ya, demasiado esfuerzo para el lloro no conseguido cuando más necesitado.


Una sola rosa y una mandarina

En donde de cada ser dos, de cada cosa dos exactas, una para sí y otra para alguien. Siendo así, de lagunas, una a la memoria y otra dejable en el lugar, ya el barrio en el caserío o el caserío en el barrio, ya los árboles frutales, las puertas, el automóvil entrado en contraria y el automóvil llegado por el otro lado, ambos con movimiento y ruido de carro.

Tocar una puerta y abrirse dos. ¡Oh, entrar! ¡Oh, el recibo más allá! Con dos Gonzalos, dos Ercilias, dos Rafaeles, dos Julietas y, después del saludo y los besos de rigor, hablando todos a la vez y, de los seis, escuchando atentamente a seis.

¡Distinto todo, de cómo era antes de volver!

De la cocina, la sirvienta con tazas de café, de las diez una para ella y, en el momento de pasarlas, ni señas, ni morisquetas, ni palabras, sino ella o Carmenza y Carmenza.

Mientras en la memoria abarrotada aquellas grandes limas en sazón, aquellas roliverias mandarinas, afuera las grandes limas en sazón, las roliverias mandarinas y, afuera, las rosas, las grandes rosas.

Una sola rosa y una mandarina. Con una y otra para sí y una y otra para él, despidiéndose

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