Política

Pensamiento | César Rendueles: “Se está viniendo abajo la idea de que si te esfuerzas y te hipotecas te va a ir bien” – El Salto

Pensamiento | César Rendueles: “Se está viniendo abajo la idea de que si te esfuerzas y te hipotecas te va a ir bien” - El Salto


Hay una serie de constantes en los ensayos que César Rendueles (Girona, 1975) ha publicado en los últimos tiempos. Cuando presentó Sociofobia (Capitán Swing, 2013) incidió en la desconfianza creciente y sostenida en el tiempo hacia la participación política igualitaria. En Capitalismo canalla (Seix Barral, 2015) denunciaba el discurso neoliberal que anima a desconfiar de la posibilidad de pensar colectivamente para encontrar normas que regulen la vida en común. Ahora publica, también con Seix Barral, Contra la igualdad de oportunidades. Un panfleto igualitarista, en el que desarrolla esas intuiciones sobre la necesidad de recuperar o sacar adelante un proyecto de igualdad que sustituya a la atomización de la vida en común, una débil vida ciudadana estable, que ha dado paso a un largo periodo de irracionalidad colectiva. 

Hace unos años hablabas en una entrevista sobre la cultura de la derrota, que tenemos instalada. Y ahora vas hacia un panfleto igualitarista, ¿has pasado a  cierto optimismo militante? 
La verdad que no soy muy optimista ahora mismo. Tengo la sensación de que vivimos un momento de cansancio y de desánimo en el activismo. Está muy desgastado por el ciclo político de los últimos años, en particular todas las dinámicas electorales que han sido, en mi opinión, terribles. No creo que este libro sea capaz de intervenir en esa alquimia tan compleja que caracteriza los ciclos de movilización exitosos.

El objetivo de este libro me lo dio Yayo Herrero, que me dijo hace años algo así como “últimamente intento hablar para gente que está más a la derecha que yo. A votantes de PSOE, o incluso del PP o de Ciudadanos. Intento que me inviten a foros llenos de gente que no me quiere escuchar”. La verdad es que me dio muchísimo que pensar, no porque desprecie, para nada, otro tipo de intervenciones dirigidas a profundizar en nuestras propias tesis. Pero sí me apetecía intentar escribir de una forma que pudiera ser, no asumido, pero sí discutido por gente de derechas. Al menos en lo que toca a posiciones igualitaristas, esa discusión es la condición de posibilidad de proyectos más ambiciosos. Algo así como una cierta transversalidad del igualitarismo. 

Pienso que hay una gran receptividad a discursos igualitaristas, no competitivos, entre gente a la que seguramente hace no tanto le parecerían una auténtica marcianada

Estamos asistiendo a una especie de derrota del neoliberalismo, al menos en el sentido de que se está refugiando en los estados. 
Creo que hablar de derrota del neoliberalismo es optimista. Estamos asistiendo a su degradación, a su descomposición, que es una cosa un poco diferente. Eso que llamamos neoliberalismo es la respuesta, exitosa durante 40 años, a la crisis del proyecto keynesiano. Y ha llegado a su límite, no da más de sí. Se ha dado en el plano económico desde 2008, pero cada vez más en el plano político. Ya no funciona como proyecto de legitimación. Nadie se lo cree. Quien defiende el neoliberalismo ya sabe que no puede vender la moto de que está defendiendo un proyecto universalista, que nos va a arrastrar, de una manera o de otra, a un mundo mejor. Lo que pasa es que, claro, de una descomposición sale desorden, salen monstruos. Muchas veces nos imaginamos el capitalismo y el neoliberalismo como algo más sencillo de lo que es en realidad. El neoliberalismo y el capitalismo son muy complejos, y su descomposición también es muy compleja. No es necesariamente coherente ni ordenada.

¿Es entonces el momento de poner en marcha un proyecto igualitarista como el que planteas?
Aunque me molesta muchísimo esa idea de que las crisis abren oportunidades, esta crisis sí que nos obliga a intervenir de otras maneras. Y me da la sensación de que uno de los elementos que se está viniendo abajo con esa crisis de identidad es la ideología meritocrática, esa idea de que si te esfuerzas, eres muy bueno, no molestas mucho, estudias y te hipotecas, las cosas te van a ir bien. Ese entramado se está viniendo abajo a gran velocidad. En ese sentido, pienso que hay una gran receptividad a discursos igualitaristas, no competitivos, entre gente a la que seguramente hace no tanto le parecerían una auténtica marcianada. Creo que en esa descomposición se abren esos espacios de duda, de inquietud, de debate.

Los grandes sindicatos eran la palanca de transmisión desde el activismo a los aparatos del Estado. Ese instrumento clásico ha desaparecido

El 12 de octubre varios medios presentamos la encuesta sobre la monarquía y la república, y un texto que publicamos explicaba que aun no se ha conseguido tirar la legislación anterior del PP y sin embargo ya hablamos de la III República ¿Solo nos motivan los proyectos imposibles? 
Totalmente. Es una de las grandes victorias ideológicas de la derecha y la ultraderecha. Están constantemente planteando esto que se llama “guerras culturales”. No creo que la disputa por el modelo de Estado sea una guerra cultural, yo creo que la lucha por la república no tiene nada de cultural; pero digamos que la disputa por la opinión de si república o la monarquía, eso sí que tiene un poco de guerra cultural. La encuesta muestra desafección hacia la monarquía, hacia la corona, pero de ahí a que exista el impulso y la fuerza suficiente para promover algo tan grande como un proceso constituyente —que es de lo que se trataría en suma— media un abismo. Y, a veces, nos cuesta entender que una cosa son los estados de opinión, otra la desgana, la desafección, y otra toda la motivación que hace falta para promover un proyecto así. En cuestiones ideológicamente más sucias; legalmente más intrincadas, que tienen que ver también con el propio aparato del Estado, nos cuesta muchísimo actuar. 

Frente a lo que suele parecer, tenemos un gravísimo déficit burocrático. De hecho en España hay muchos menos funcionarios per cápita que en otros países como Alemania

¿Nos perdemos en lo, a priori, más accesible como es desmontar la reforma laboral o la ley mordaza?
Creo que algo que aprendimos durante durante el ciclo municipalista fue que teníamos un problema claro con nuestra capacidad de intervención en el aparato del Estado. A pesar de toda nuestra jerga marxista, y toda una supuesta pericia, a la hora de la verdad nos hemos ido quedando sin instrumentos. En buena medida porque el instrumento clásico que teníamos, que era el sindicalismo, ha desaparecido.

Los grandes sindicatos eran la palanca de transmisión desde el activismo a los aparatos del Estado y eran la oposición a las políticas neoliberales del PSOE y el PP. Los partidos de izquierda nunca han tenido mucha capacidad para hacerlo. No hemos podido reemplazar esas herramientas. Hay un respaldo amplio al rechazo de esas leyes, pero no tenemos capacidad para convertir esa energía en fuerza institucional. Es un bloqueo permanente: en los aparatos de los partidos, en instituciones judiciales, en la propia administración. Y me preocupa mucho porque, incluso si volviéramos a tener fuerza suficiente para volver a estar en las instituciones, creo que nos volveríamos a tropezar con la misma piedra.

Si los sindicatos no nos gustan, y hay motivos para que no nos gusten, tendremos que pensar una herramienta diferente

Hay un punto que llama mucho la atención del libro, y es la defensa que haces de la burocracia.
Hemos comprado el relato neoliberal sobre la burocracia. Con el covid se ha visto muy bien: hemos tenido problemas materiales, de falta de médicos, falta de hospitales, falta de mascarillas; pero ha habido también una gravísima falta de instrumentos burocráticos para intervenir donde hacía falta. Un ejemplo muy concreto, tengo un familiar que trabaja en un Ministerio, y me contaba que mucha gente de ese Ministerio, que quedó completamente paralizado durante el confinamiento, se ofreció voluntaria para ayudar, por ejemplo, con la tramitación de los ERTE… y no había recursos burocráticos para hacer todas las gestiones: establecer una supervisión, encargarles tareas, etc.

Frente a lo que suele parecer, tenemos un gravísimo déficit burocrático. De hecho en España hay muchos menos funcionarios per cápita que en otros países como Alemania. Y, precisamente, ese déficit burocrático se suple a través de protocolos. Tienes la sensación de que la burocracia lo inunda todo por las exigencias de cumplimentar formularios, de supervisiones absurdas, de papeleos, porque esa es la manera en la que se suple la ausencia de capacidad de gestión y eficacia real. La burocracia, como cualquier herramienta pública, tiene una cara muy oscura, extremadamente oscura; es algo que se diagnosticó desde el primer momento, en el siglo XIX cuando se estaban creando todas esas herramientas de racionalización del Estado. Es una cara extremadamente autoritaria, represiva; pero también es la condición de posibilidad para políticas públicas eficaces.

Es muy llamativo en las encuestas del CIS que prácticamente nadie se autodefine como de clase alta. Son diez millones de personas, y prácticamente nadie se ve así

¿El “eclipse de la igualdad” es consecuencia de la individualización de las relaciones laborales?
Empecé a pensar en esta reivindicación del igualitarismo en torno al 15M. Fui consciente de lo parecidos que éramos muchos, no todos, pero sí muchos de los que estábamos allí. Había gente que lo decía con mucha ingenuidad “es que tengo un máster y me va muy mal”, bueno hay mucha gente que no tiene un máster y le va mucho pero que a ti. Hice un proceso de autocrítica porque dije “llevo mucho tiempo vinculado al activismo y le había dedicado muy poco tiempo a pensar sobre lo cómodos que estamos en nuestros nichos sociales”.

Empecé a pensar sobre cómo habíamos ido normalizando todo eso. Y efectivamente, lo relaciono mucho con ese momento, en torno a los años 80, de declive de las grandes organizaciones sindicales y laborales como espacios, no solo donde hacer políticas igualitarias, sino donde había una cierta socialización igualitaria. Es muy importante pensar qué instituciones tienen esa capacidad de socialización democrática. Y creo que los sindicatos eran una de ellas, no la única, y con eficacia discutible. También las organizaciones públicas tienen esa capacidad. La educación, pero también la sanidad —te sientas en una camilla al lado de quien te toque— y eso es importante.

Si esas organizaciones no nos gustan, tenemos que pensar otras. Si los sindicatos no nos gustan, y hay motivos para que no nos gusten, tendremos que pensar una herramienta diferente; si la sanidad pública, tal y como está pensada, no nos gusta, tendremos que pensar otra, pero otra que tenga ese alcance, que tenga realmente ese alcance de socialización igualitaria, y no se quede solo con una parte, que curiosamente es siempre la que nos viene mejor y la que nos permite permanecer con nuestro grupo de afinidad sociológica.

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Escribes sobre por qué triunfa el voto de clase media, y esta idea de que queremos ser más guapos, más listos o mejores de lo que realmente somos. ¿Sigue siendo esa idea de representar nuestro ideal, y no como somos, el motor de la política?
Se va transformando. Ahora ya no es la promesa meritocrática, sino más bien el narcisismo herido, por lo que se compite electoralmente. Una de las claves del ascenso de Vox tiene que ver con ese apego a un cierto narcisismo herido que no había sido bien recogido por los partidos de izquierda. Pero sí, esa forma de representar por quienes queremos ser y no por cómo somos es muy transversal. Es curioso porque incluso impide que la gente de clase alta se autorreconozca como tal.

Es muy llamativo en las encuestas del CIS que prácticamente nadie se autodefine como de clase alta, y poquísima gente como de clase media-alta. Estamos hablando de diez millones de personas, y prácticamente nadie se ve así. Lo he comentado con catedráticos de Sociología, les he dicho “he echado cuentas y tú estás en el 10% que más gana de este país”. Y no se lo creen. Se ha llegado a identificar clase media, no tanto con ciertas condiciones, ciertos salarios, ciertas prácticas de vida, si no con lo que nos gustaría llegar a ser. Vamos a soltar lastre y ascender al Olimpo, no de los súper ricos, sino de los que viven un poco mejor que nosotros. Pienso que ese es, junto con el patrimonialismo inmobiliario, el ADN de la sociología política española. Ese clase-medianismo en realidad es un clase media-altismo, y está relacionado con el patrimonialismo inmobiliario. Eso explica una cantidad enorme de dinámicas políticas en España.

Lo que tienen las guerras culturales es que no es fácil excluirte de ellas, por eso quien las sabe plantear en los términos ventajosos acaba sacando mucho rédito y acaba ganándolas

Mientras estaba leyendo el libro, el espacio político de Cayetana Álvarez de Toledo, que se llama “libres e iguales”, publicó un vídeo en el que nadie aparenta haber ganado menos de 4.000 euros mensuales en los últimos 15 años. Libres e iguales son dos palabras que aparecen constantemente en el libro ¿Tiene sentido que estemos disputando el significado de las mismas palabras?
Justamente lo que tienen las guerras culturales es que no es fácil excluirte de ellas, por eso quien las sabe plantear en los términos ventajosos acaba sacando mucho rédito y acaba ganándolas. No basta con decir “bueno, no me interesa” es que es muy complicado: no podemos renunciar a valores como la libertad o la igualdad. Por lo menos, en el caso de la libertad —me jode muchísimo decirlo— creo que nos están ganando la partida.

El giro por el cual personas de extrema derecha con una manifiesta pulsión autoritaria consigan convencer a muchísima gente de que defienden la libertad es retóricamente prodigioso. Reconozco cierta admiración perversa por ello, porque es como un juego de magia… Te quedas diciendo “pero cómo es posible que este neonazi haya conseguido convencer a tanta gente de que él defiende la libertad”. Con la igualdad lo tienen más complicado, pero no es imposible, sobre todo porque desde la socialdemocracia tampoco hay una alternativa muy clara que oponer. No obstante, así como con la libertad me resulta más complicado intervenir, creo que con la igualdad sí que está la batalla en marcha. La promesa meritocrática se está desmoronando y hay una cierta sensibilidad al debate sobre qué significa realmente la igualdad.

La intervención que planteas en el libro es hercúlea y con alta probabilidad de fracaso.
Comparto el diagnóstico. Es más, lo pondría todavía peor, no solo hercúlea, sino que además he eludido muchas de las zonas de sombra de muchos de esos proyectos. Por ejemplo con la democracia deliberativa, que es algo que tiene muchísimos problemas de todo tipo. Insisto en lo que decía al principio: he intentado dirigirme a gente que a lo mejor no está familiarizada con términos, debates, y proyectos en los que yo me siento reconocido. He intentado contar esos proyectos a la gente que, o nos los conoce, o les suenan muy lejanos. He intentado traducirlos a un lenguaje en el que pueda sentirse más o menos cómoda, y mostrar cómo creo que engarzan con una forma de entender la política y las relaciones sociales que considero mayoritaria.

Efectivamente, esos proyectos seguramente serán utópicos, son tareas hercúleas, creo de verdad que es una tarea para varias generaciones, en el mejor de los casos; pero sí creo que podemos contribuir a dar un giro al espacio político que haga, por lo menos posibles, esos proyectos y no sencillamente imposibles o alejados de la facticidad. Y para eso es muy importante presentárselos a quienes son ajenos a esos espacios. Digamos que el proyecto del libro no es tanto poner los deberes y tareas a la izquierda sino más bien entablar una zona de diálogo con gente que está a mi derecha.

Estamos permanentemente en un proceso de rechazo de lo que nos viene de la derecha, pero nos cuesta mucho tener alternativas propias

Me he sentido muy retratado en la reacción de “la educación es por donde hay que empezar”. Desde el plano de la intervención específica en la educación, que además es el sector en el que trabajas, ¿por dónde pasaría esa tarea que hay por delante? 
Nos hemos encastillado en la defensa de la educación pública frente a las agresiones neoliberales, en la crítica de la precarización y la crítica de los recortes. Todo eso es real, y es verdad que sin medios es muy difícil hacer nada. Pero creo que nuestros proyectos no se pueden limitar a estar permanentemente en el búnker reactivo, porque entonces efectivamente nos han ganado la partida. Ese es uno de los secretos, en mi opinión, de la gran hegemonía de la educación concertada. No es que la gente esté alienada y se haya dejado comer la cabeza por los miedos que le han introducido los conservadores acerca de la educación pública. Hay mucha gente que tiene malestares, seguramente razonables, acerca de la educación pública. Por eso, desde la izquierda educativa tenemos que ser capaces de distinguir aquello que es razonable y ofrecer alternativas. Y eso es algo que se ve muy mal, porque yo creo que hay un cierto corporativismo mal entendido en nuestras propias filas que en lugar de ayudar, perjudica muchísimo.

Es clamoroso: todos conocemos casos increíbles de gente que no da clase o de que hace lo que le da la gana, que maltrata a sus estudiantes o maltrata la materia que debería impartir, y nunca pasa nada

¿Por dónde irían esas alternativas?
Por ejemplo, yo estoy muy a favor de los procesos de evaluación del profesorado. Primero porque pueden ser una herramienta para aprender y para mejorar como docentes, y segundo porque creo que, como en cualquier trabajo, hay gente que lo hace mal, a lo mejor yo mismo. No veo por qué mi puesto de trabajo debe estar blindado al hecho de que lo haga bien o mal. En vez de, o bien aceptar lo que nos propone la derecha que es, primero, pésimo desde el punto de vista desde el igualitarismo educativo, pero también pésimo desde el punto de vista puramente pedagógico, deberíamos ofrecer nuestras propias alternativas. Y lo mismo en lo que toca a los procesos de selección de los docentes, o de la participación de las familias en la comunidades educativas, o de la creación de los programas pedagógicos. Estamos permanentemente en un proceso de rechazo de lo que nos viene de la derecha, pero nos cuesta mucho tener alternativas propias. 

Hay algunas.
Claro que sí, pero son casi siempre experiencias heroicas: “En no sé qué cole de no sé qué barrio hay cinco profesores increíbles que parecen sacados de El Club de los poetas muertos y han construido una utopía educativa”. Bueno, ya, pero es que no todos somos como el de El Club de los poetas muertos; la mayor parte somos profesores mediocres que, bueno, nos apañamos. Es ahí precisamente donde los grandes proyectos consiguen incluirnos también a nosotros, los profesores mediocres, y consiguen ofrecer una alternativa a toda esa mitología meritocrática de los coles concertados y privados, y de las universidades privadas, donde supuestamente se transmiten conocimientos alucinantes, que no están a nuestro alcance. 

¿Qué falla en la Universidad Pública?
Por ejemplo, te hablo de mi experiencia. Es clamoroso: todos conocemos casos increíbles de gente que no da clase o de que hace lo que le da la gana, absolutamente lo que le da la gana, que maltrata a sus estudiantes o maltrata la materia que debería impartir, y nunca pasa nada. Para expulsar a 75 estudiantes que hicieron una fiesta en Salamanca, vaya por Dios, eso en una semana está hecho. Yo conozco gente que lleva años haciendo lo que le da la gana. No sé si permitir que las cosas sigan así es exactamente muy de izquierdas, muy igualitarista. Sospecho que no, la verdad. Y deberíamos tener una alternativa de izquierdas para eso.

En nuestro país, al menos, el corte generacional tiene cada vez más capacidad explicativa de los distintos procesos políticos

¿Qué funciona mejor en lo privado?
Empecé a pensar en estos temas cuando un compañero que se dedica a la sociología aplicada —la sociología del consumo— me contó que, en un estudio comparativo que habían hecho sobre colegios concertados y públicos, detectaron que realmente los colegios concertados tenían una orientación al cliente. Desde el punto de vista de los clientes, de las familias usuarias, lo veían como una mayor capacidad de participación e intervención. En la mayor parte de la pública no existe esa sensación. Y es verdad que esa participación clientelar es asquerosa, pero no sé si la ausencia de cualquier tipo de participación es la mejor alternativa.

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Al hilo de la reflexión sobre la violencia que haces en Contra la igualdad de oportunidades, pensaba en que quizá en este momento es menos habitual la represión violenta de las protestas de lo que era en los 80 pero que, por otro lado, hay otro tipo de violencia por parte del sistema que desemboca en el número cada vez más alto de problemas de salud mental, especialmente entre jóvenes y estudiantes.
Pienso que cada tipo de violencia es suficiente malo por sí mismo como para compararlo con otro. Yo creo que un porrazo es horrible y el malestar psíquico es horrible, y no me siento muy cómodo comparándolos. Respecto al asunto del malestar creciente y que cada vez afecta a gente más joven, es un hecho. Una de las cosas que me gusta de dar clase en la universidad es que tengo mucho contacto con gente joven. Estás en contacto con gente de 18 años, tú creces, te haces viejo, pero cada año entras en contacto con gente de la misma edad. Y, desde luego, veo un sufrimiento —caracterizarlo como psíquico es casi como caricaturizarlo—.

No se trata siempre de una clase de enfermedad mental catalogable, a menudo es otra cosa. Es una especie de malestar existencial —también es un concepto muy cursi pero no encuentro otro mejor—, la sensación de que algo no encaja en su vida, y que tampoco va a encajar. Es algo además que se va acrecentando. Se ve con gente que utiliza o ve los estudios universitarios de una manera muy instrumental para encontrar trabajo, pero también con aquellos que ven la universidad desde una perspectiva más vocacional.

Es un malestar enorme, que muchas veces también se manifiesta en forma de enfermedades mentales. No sé hasta qué punto, ya te digo, eso es la mutación de formas de violencia que antes tenían una expresión más política, más policial o más explícita, y ahora se ven de esa manera. Sí creo que tiene que ver con una característica sociológica que seguramente desde la izquierda hemos desatendido, que es que en nuestro país, al menos, el corte generacional tiene cada vez más capacidad explicativa de los distintos procesos políticos. Hay muchas cosas que han pasado en los últimos diez años que se explican desde luego por la precarización, por los intereses de las élites y los conflictos con los intereses de la mayoría, pero también por la división generacional, incluyendo la nueva política.

¿En qué sentido?
En buena medida la nueva política es un proceso que, en condiciones normales, se hubiese dado a través de mecanismos de recambio generacional en el interior de los partidos. En un momento muy convulso de quiebra del bipartidismo esto se expresó a través de una multiplicación de los agentes políticos. Pero también influyen los mecanismos a través de los cuales se han introducido los recortes de derechos sociales, que han afectado muchísimo más a la gente más joven que a la gente mayor.

La reforma de las pensiones, por ejemplo, es una reforma aplazada para que afecte a los que ahora tenemos cuarenta años. Es una forma bastante inteligente, por cierto, de mitigar la conflictividad social de esas medidas. Ese malestar es algo que deberíamos atender porque va a ser creciente. La gente que tenemos ahora cuarenta y pico lo estamos viviendo; la gente que tiene treinta y pico lo está viviendo más; la gente que tiene veintipico todavía más, lo que pasa es que les escuchamos muy poco. Y va a ser creciente ese sesgo generacional en los problemas sociales.

[Respecto a la pandemia] Estábamos diciendo “esto está pasando” y ahora es un momento en el la realidad misma demuestra que teníamos razón

Otra de la cuestiones acerca de la nueva política es el uso casi epidérmico de la tecnología para salvar esa brecha generacional. ¿La nueva política se ha reducido a la fórmula “vieja política más aplicaciones de móvil”?
Totalmente. Creo que este proceso de bloqueo generacional se ve cuando se analizan las estructuras de poder del Estado, de los medios de comunicación, de la judicatura. No ha habido proceso de renovación ideológica, ni política, ni generacional, y además lo que va pasando es que los que supuestamente iban a liderar ese cambio tampoco es que sean ya muy jóvenes. Por el lado de la derecha se da esa misma dinámica, es algo que se nos olvida. Vox y el desplazamiento del PP hacia la derecha tienen que ver con luchas por un espacio político, porque generaciones más jóvenes encuentren también su lugar. Es una dinámica muy nihilista: si te bloquean en el centro del escenario, buscas los huecos. Pienso que estamos viviendo un proceso de descomposición… Me fijo mucho en Italia, que es como un laboratorio donde se gestó todo. Realmente, ha sido una situación muy nihilista. A veces hay respiros, parece que ahora en Italia se está viviendo un cierto respiro, pero son respiros dentro de procesos que desaniman muchísimo. Creo que estamos viviendo algo así, ojalá me equivoque.

En este pedazo de pandemia en la que estamos, ¿cómo no convertir en una revancha —o cómo evitar pasarse de rosca— en el análisis sobre las condiciones sociales que han provocado la situación? Al mismo tiempo, ¿cómo se puede reivindicar que es una consecuencia de la degradación de las políticas públicas que se denuncian desde hace tanto tiempo?
Creo que habrá bastante etnografía futura de nuestra reacción a la pandemia, que ha sido efectivamente como muy anfetamínica, muy ciclada. Nos hemos pasado todos de frenada, y yo el primero. Desde nuestros compañeros de las organizaciones ecologistas, a los que se centran en la crianza y en la educación. Al mismo tiempo, tenemos que ser menos duros con nosotros mismos, porque es verdad que, y eso lo defiendo, ha sido como una especie de lupa de procesos que estábamos viviendo, y que llevamos diagnosticando desde hace veinte años. Estábamos diciendo “esto está pasando” y ahora es un momento en el la realidad misma demuestra que teníamos razón.

No es tanto porque haya habido una ruptura enorme, sino porque se han acelerado esos procesos. Se ve en el desmantelamiento de la atención primaria en sanidad en Madrid, y en otros muchos lugares; se ven las costuras de la educación primaria, secundaria, y universitaria. Y te das cuenta de lo que es, no tanto por que la educación no presencial, online, haya sido tan tremendamente diferente, sino más bien porque desgraciadamente se parece bastante a la presencial que ya había. A veces nos hemos dejado llevar por eso que los católicos llaman delectación morosa. Como la realidad nos da la razón, nos gusta.

También tendemos a pensar que vivimos en el peor de los mundos posibles, algo que en el fondo es muy generacional: pensar que la tuya es la única generación que se ha visto arrojada a este infierno de mercantilización y desigualdad, cuando esa es más bien la historia del capitalismo. Y cuando las cosas al final se apañan —porque al final tendemos a resignarnos, a apañarnos, a buscarnos la vida para que todo siga más o menos igual—, pues esa delectación al final tiene efectos políticos muy jodidos, porque en lugar de ayudar, lo que hace es paralizar. Hace falta mucha inteligencia política, que no es seguramente mi fuerte, para saber aprovechar esos momentos en los que se hacen muy visibles las costuras de la crisis para hacer apuestas más propositivas que no caigan en el catastrofismo.



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