Política

Pasic: 35 días de insalubridad, abandono, enfermos, espantos y terror

Pasic: 35 días de insalubridad, abandono, enfermos, espantos y terror


El Punto de Asistencia Social Integral de Campaña (Pasic), ubicado en el Internado de la Misión de Guana de Santa María de Guana en el municipio Guajira se ha convertido en uno de los campos de concentración previstos por el gobierno venezolano para atacar la propagación del Covid-19, pese a la buena voluntad el infierno que viven los retornados al país es una experiencia que jamás olvidaran

A María Auxiliadora le bastaron 35 días con sus noches para, padecer, asumir y entender que la idea de traición a la patria recaía no solo en los políticos opositores venezolanos, que el gobierno señala de querer entregar las riquezas del país al imperio, sino también, en aquellos que por hambre e inseguridad salieron del país en búsqueda de un futuro provisor que se detuvo ante la llegada intempestiva de la pandemia y que los obligó regresar al país con el estigma de parías.

Son las doce de la medianoche y María Auxiliadora, con una lesión en la espalda, dos maletas metidas en un saco de harina y amarradas con un mecate amarillo, un bolso azul con caramelos, panes, galletas y una botella de agua mineral espera en el sector la Raya, de la parroquia Pueblo Nuevo, del municipio Baralt en el estado Zulia, un convoy que la trasladará junto a otras doscientas trece personas al Punto de Asistencia Social Integral de Campaña (Pasic), ubicado en el Internado de la Misión de Guana de Santa María de Guana en el municipio Guajira.

Todos los presentes abordan los vehículos militares con un destino incierto pero con la esperanza de pasar quince o veinte días aislados, como parte de la evaluación de rutina prevista por el Estado venezolano, enmarcada en las medidas de precaución para evitar el contagio de Covid-19. Los venezolanos retornados vienen en su mayoría de Colombia y se distinguen entre ellos por sus acentos, ahora mezclados con el sonsonete colombiano que lo hace más melódico.

Vienen con maletas y utensilios de cocina manchados por el fuego abrazador que provoca la cocción a leña. No se ven preocupados y duermen durante las cinco horas que dura el recorrido gestado por trochas que hacen que los vehículos, sin ninguna característica de comodidad, estremezcan los huesos y músculos de los pasajeros, pero aún así hay quienes no se alteran, solo suspiran mientras estrujan sus pertenencias al pecho para evitar que se pierdan.

Ante este escenario hostil, María Auxiliadora, se mantiene alerta, solo la tranquiliza la idea de unos pocos días y el retorno a su hogar será ya un hecho, luego de cuatro meses de ausencia, donde trabajo de vendedora en uno de los tantos comercios que abren las puertas a extranjeros, por lo económico de su contratación, en el municipio colombiano de Fonseca del departamento de La Guajira.

A las cinco de la mañana el contingente de repatriados y posibles focos de infección del nuevo Coronavirus llegan al Internado de la Misión de Guana, sitio que los hospedará durante 35 días y que los enseñará a convivir en comuna, degustar comida poco elaborada, vivir entre mierda, ser testigo de bajas pasiones, drogas y vejámenes por parte de una cúpula militar que no está preparara para las relaciones públicas y, deja entrever en cada actuación, su incapacidad acentuada de mantener un orden o quizá todos siguen órdenes superiores y el trabajo realizado es la meta de una planificación desastrosa que hace que todos los presentes afirmen entre el hedor que no cesó durante 35 días que están pagando el precio de traicionar a la patria.

La comida y la falta de sazón

Al llegar al Punto
de Asistencia Social Integral los 213 nuevos huéspedes fueron divididos en
cuatro grupos los cuales se ajustaron a la realidad de mantener a las familias
unidas y a los menores de edad. El internado de
la Misión de Guana está conformado por tres pisos donde fueron acondicionados
salones para ubicar literas (barracas militares). Dieciséis baños estaban
dispuestos para todos y la presencia activa de médicos y enfermeras.

Mucho antes
de llegar María Auxiliadora, ya los encargados del recinto habían contratado a
los pobladores guajiros del sector para que se encargarán de la elaboración de
los alimentos, los cuales nunca faltaron, situación que se comprobada por los
camiones que semanalmente llegaban y descargaban la materia prima. 

El primer día
el desayuno no fue degustado por todos. La intención inicial era buscar
comodidad y demarcar cada territorio como suyo. Así que el almuerzo gestó unas
de las acciones cotidianas de mayor envergadura durante los días de cautiverio:
El menú era invariable. Los cambios de sazón llegaron a la cocina con un hecho
posterior, pero los alimentos y su elaboración era única, nadie pensó que la
falta de imaginación de las cocineras guajiras y de los militares se expresará
con una limitación del arte culinario que generaba terror, ansiedad y
escalofríos, algunos de los repatriados comparaban, a manera de burla, la
reacción en sus cuerpos de la comida con los síntomas inequívocos del virus
mortal.

El menú al
desayuno eran bollos pelones y lentejas sin ningún aderezo que no fuera
sal, el almuerzo contenía otros alimentos: arroz con pernil sancochado, pero
sin destreza alguna, pues la cocción que debía darle mayor gusto al plato lo
que daba era un sinsabor que lo hacía insípido y parecido al buqué del desayuno
y, para cerrar el día, la pasta blanca y nuevamente el pernil sancochado eran
los actores principales. Todo sabia idéntico, por eso todos miraban bien la
comida para que el cerebro hiciera el trabajo y, así no confundir el pernil con
la lentejas o el arroz con los bollos pelones y, la pasta, con el jugo de
papeleta que reinaba en la mesa por su color pues el sabor agridulce solo
acababa con las esperanza de probar algo digno.

María Auxiliadora se mantuvo
con pan y galletas que le proveía su bolso, Por eso temía que los días
aumentaran y, que sus provisiones, no le sustentarán hasta el final de la
medida de previsión. Y su miedo a probar la comida del punto de asistencia se
extendía con mayor fuerza cuando veía como en el comedor las moscas rondaban la
comida y era casi imposible que no tocaran los platos, los cubiertos, las mesas
y hasta la misma boca de los comensales.

El comedor paso de ser comedor para llamarse el mosquero.

Durante la estadía se
registraron dos cambios en la administración de la cocina. El primero, gestado
en contra de las cocineras goajiras quienes fueron señaladas de robarse la
comida, razón que provocó una inmediata gerencia de facto que solo transformó
la apariencia, pues la comida seguía con su característica única e inigualable,
la de no tener sabor. Y, el segundo, se inclino hacia los bollos pelones, los
cuales comenzaron a verse apilados en toda la instalación y otros fueron
guardados, por su dureza, cual armas letales a la espera de una confrontación
interna que ya se sentía en el ambiente ante la normativas estrictas de quienes
dirigían el recinto.

Los baños, la mierda en el patio y el agua salada

El primer choque, además de la comida, que recibió María Auxiliadora, se centró en los baños. En apariencia los 16 resolvió y que impregno todo el Internado de la Misión de Guana. La falta del acondicionamiento y la desidia de directivos y de usuarios hicieron que el colapso llegara.

A la segunda
semana las heces taparon los baños y se buscaron sitios alternos para cumplir
con el ritual biológico, situación que provocó que las duchas, los rincones de
los largos pasillos, y todo el verdor que es insignia de la Guajira sirvieran
de baño portátil, así fue que las moscas se multiplicaron y, junto a las
embates de los zancudos, todo se convirtió en un muladar donde hacían vida
mujeres, hombres y niños.

El patio
extenso guardaba en cada resquicio un foco de contaminación, la mierda en el
patio se volvió cotidiana y las largas horas de ocio de quienes esperaban la
salida pronta del aislamiento se hicieron más largas. Más dolorosas y más
repugnantes.

Sumado a la
ya caótica situación, el agua de los grifos para hacer la comida, para bañarse,
para limpiar y para guardar era salada. Una crisis que data de hace años y que
los repatriados padecieron. Es así como las condiciones fueron empeorando,
sumado al calor, y a una seudo crisis sanitaria que provoco diarreas y vómitos
que derivaron en más focos de contaminación, y que otro lugar para verter la
inmundicia, que el patio y un árbol de nísperos, cargado de la fruta, que se
escondía al fondo del internado.

Desde ese
momento solo los más fuertes probaron la fruta y jugaron dominó bajo su sombra,
rieron y una que otra pareja nueva se besaron dejando una muestra de amor bajo
esa planta que todo soporta, el resultado no se hizo esperar y, en la primera
jornada de descarte del Covid-19, todos dieron positivo sumado a la enfermedad
estomacal que no cesaba, quedando demostrado que no eran tan fuertes y que la
crisis estaba tomando otras dimensiones.

El amor, los espantos y la teniente infectada

Las condiciones no estaban dadas para otra situación que no fuera no contagiarte y soportar el viacrucis que se gestaba durante el aislamiento. Sin embargo, María Auxiliadora, fue testigo impasible de historias de amor nacidas de encuentros furtivos en el comedor, los pasillos y una plaza que estaba al final del patio donde convergían todos. El centro de encuentro se le llamó la plaza de los enamorados y hacía referencia a las largas horas de tertulias de las parejas que culminaban con besos apasionados y una desconcertante desaparición del sitio.

En cada
sector del refugio las parejas se reunía y no importaba la orden de
distanciamiento social, el amor en cualquier escenario es bienvenido, así esa
cercanía te pueda causar la muerte. La presencia de Cupido también estuvo
presente en los dormitorios, las parejas esperaban que todos durmieran para
empezar la faena que además, no era silenciosa, sino contentiva de sonidos y
movimientos que no pasaban desapercibidos. 

Las quejas
llegaron pero los militares solo daban charlas de la vida en comuna sin
accionar sanciones. Los repatriados tomaron la justicia en sus manos y sacaron
de los cuartos a los amantes que, entre disputas y amenazas, no les quedo otra
que marcharse y buscar otros lugares de encuentros.

Las noches
eran las horas más anheladas pese al toque de la campanilla que servía para
informar que todos debían retornar a sus cuartos. Los amantes se las ingeniaban
para salir a verse pero en algunas ocasiones algo, más allá del entendimiento y
extraterreno, los detenía, el cuento de la aparición del niño en las escaleras
del internado era más que suficiente para no ir al baño y parar, solo por un
día, el deseo y la pasión que quemaba a los repatriados.

Los cuentos
de fantasmas  y aparecidos también se gestaron
en esos días de cautiverio, no todos creían pero de igual forma, evitaban estar
solos en esos lugares donde el rumor se intensificada con afirmaciones tan
desproporcionadas que iban desde una muerte violenta a solo un espanto que
recogía almas. A nadie se le apareció, pero su presencia, con el transcurrir de
los días se hacía presente mucho más cuando uno de los positivos para el
Covid-19 quiso lanzarse del techo del internado alegando que no podría seguir
en el refugio donde un niño muerto se les aparecía a todos.

Las pruebas
se realizaron con seis días de retraso y debido al desorden que imperaba se
extendieron hasta la madrugada. Los resultados, 49 de los 213 aislados estaba
infectados, sumando a una teniente que salió inmediatamente del recinto y, a
quien le acuña, no haber cumplido el distanciamiento social con los presentes
además de ser una ferviente visitante de la plaza de los enamorados.

Ladrones en casa, las pruebas y la protesta que no llegó a nada

El miércoles
de la segunda semana María Auxiliadora escucho por primera vez una queja en
torno al resguardo de las pertenencias. La pérdida de un tapaboca generó una
minuciosa búsqueda que resultó infructuosa pues nunca apareció.

La pelea
encendió las alarmas. Todos estuvieron más atentos y sin embargo, días después
otro hecho escandalizo a los residentes. El extravió de una toalla fomento
nuevamente una requisa que tuvo como resultado positivo la aparición del
tapaboca, la toalla jamás se encontró y la desconfianza se apodero de todos. Nadie
dejaba sus maletas solas y la supervisión constante se volvió ley.

En el área
destinada a los hombres el robo de un teléfono celular generó una pelea y
posterior captura de un implicado en el hecho. María Auxiliadora relata que
todo ocurría en las noches y fue, una de esas noches envueltas por el niño
aparecido y los amantes furtivos, que se escucharon unos gritos de
desesperación, mientras un cuerpo caía por las escaleras generando quejidos y
pidiendo ayuda.

Los efectivos
a cargo detuvieron al presunto infractor y lo encerraron en una especie de
celda las tres semanas restantes para la salida. El joven se le entrego un tobo
para que pudiera hacer sus necesidades, el cual era vaciado todas las mañanas
en las áreas verdes del internado. Los robos no cesaron, pero la tranquilidad
de tener a un responsable cautivo daba la sensación de tranquilidad.

En medio de
tantas deficiencias llegaron las pruebas PCR y las pruebas rápidas para
comenzar el descarte infeccioso en el punto de asistencia. Las mesas para el control
se acondicionaron y el desorden reinaba. Todos fueron revisados y se esperaron
siete días para  obtener los resultados.

La llegada de
los resultados arrojaron tres hechos comunes, el primero, el conocimiento de 49
infectados, el segundo, la queja de los casos positivos exigiendo su salida del
aislamiento y, el tercero, un comentario pueril que casi termina en un
linchamiento, cuando una joven infectada se alegro por los 49 casos
argumentando que ya no habría discriminación entre enfermos y sanos.

La comunidad sana preparo maletas y se apostaron a las puertas del portón y exigía su salida de inmediato. Otros más osados sacaron los colchones para hacer una hoguera e iniciar una protesta más violenta. Todo fue un caos y en medio de todo, María Auxiliadora, taciturna y callada avistaba un posible regreso a casa. Los gritos de parte y parte no dejaban que el diálogo se concretara, los niños lloraban y jugaban con los bollos pelones que se encontraban en todo el patio,  los cuales también fueron tomados por los adultos, pues el valor nutricional del alimento se
había petrificado y de allí, su efectiva utilización como arma para defender
sus derechos.

En plena
efervescencia las bombas lacrimógenas se hicieron presentes, todos corrían
mientras el humo hacia el trabajo y los golpes acompañaban la interrupción de
la protesta. Fue así, que con pertenencias, niños y bollos pelones, los
insurrectos regresaron a sus cuartos con una batalla o quizá la guerra pérdida.

Las pastillas contra la malaria, los 49 positivos y la despedida

La
hidroxicloroquina y la cloroquina son medicamentos utilizados para tratar la
malaria y, pese a que en un principio se asumió la posibilidad de ser un
fármaco para tratar el Covid-19, la OMS suspendió el producto del programa Solidaridad,
sin embargo, las acciones para evitar que la enfermedad produzca mayores
decesos, es un medicamento que se da a los venezolanos que están en cuarentena
obligatoria en los Pasic.

Luego de la
protesta los efectivos militares decidieron que todos pagarían por el inicio de
una revuelta así que todos, infectados y sanos comenzaron el tratamiento como
una medida obligatoria para abandonar el internado de Guana.

El malestar
se gestó en todos. Dos pastillas en la mañana y otras dos en la noche durante 3
días fue la receta aplicada. Algunos vomitaban otros no soportaron el malestar
estomacal, motivo por el cual al segundo día, nadie tomaba la pastilla y ante
la falta de supervisión, todo volvió a esa normalidad que ya rondaba cuatro
semanas.

Los afectados
por el Covid-19 fueron aislados, luego de una disputa inentendible que María
Auxiliadora relató como innecesaria, que solo buscaba que los familiares de los
enfermos estuvieran juntos a pesar de estar sanos, sin embargo, entre lágrimas
y maldiciones se reubicaron y la brisa fresca de una pronta salida por fin
llegaba al punto de asistencia.

Todos los días subsiguientes les informaban que pronto saldrían pero luego descartaban el hecho. El muladar en que se había convertido el patio era cada vez más inaguantable. Los amores de noche, el juego de dominó bajo el árbol de níspero sin ninguna protección y la aparición del niño en las escaleras seguían  ocurriendo detenidos en el tiempo. Hasta que el día 35 cuatro autobuses se estacionaron frente al Internado de la Misión de Guana de Santa María de Guana en el municipio Guajira y todos los sanos  salieron del cautiverio mientras a través de las ventanas del tercer piso los infectados con covid-19 lloraban y movían sus manos en señal de despedida. A las tres de la mañana María Auxiliadora estaba en un lugar desconocido donde autobuses se disponían a viajar desde Maracaibo hasta el centro del país para llevar a los retornados a la patria.

Al terminar su relato, le pregunté qué fue lo primero que pensó luego de salir de la cuarentena y, con su voz fuerte y determinante aseguro, que la traición a la patria que el gobierno le acuña a quienes se fueron del país se paga en forma de ayuda.



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