Política

Opinión | Poco sosiego en este verano de transición – El Salto

Opinión | Poco sosiego en este verano de transición - El Salto


Nos gobierna la sospecha y la tristeza,
en lugares donde,
la vida y la muerte aparecen cuando quiebras las normas.
Somos nómadas del tiempo,
esclavas de la pandemia,
y de la antigua normalidad.
¿Reprimir la vulnerabilidad nos hará más fuertes?

El caos exterior es contaminante, al menos para mí. Reflexiono sobre esta realidad con cierta abstracción, entre la nostalgia y la inquietud del porvenir. Hace una semana me autoconfinaba a la espera de los resultados del PCR de una amiga. Al final todo quedó en falsa alarma. No hay fugas posibles, nuestros días serán así y por mucho que pretenda invocar a la antigua normalidad, tarde o temprano, un hecho, una llamada de rastreo o cualquier limitación más allá de llevar mascarilla a cuarenta grados o de la distancia social, me recuerda que nuestra cultura veraniega ha desaparecido, y que este es el verano de la transición hacia una extraña forma de vida sucumbida al virus. Solo ahora empiezo a comprender que vivir en medio de una pandemia es como habitar una metamorfosis constante en la que las repeticiones mutan, los hábitos se alteran y las normas imperan.

Disiento, con cierto temor, de los límites que nos impone la pandemia, porque nos han educado esperando el tiempo de ocio estival. Ahí volcamos todas nuestras ilusiones y frustraciones del año. De pequeña me fascinaba ir a la playa, a la piscina, deseaba estar con los amigos, visitar a la familia en Maputo, ver lugares nuevos, conocer a gente, vivir el primer amor… Cuando me convertí en trabajadora, las vacaciones y el verano dejaron de ser sinónimos y, aun siendo consciente de que su fin último es fomentar la productividad el resto del año, el romanticismo veraniego persistió, quizás porque entendí que estaba atrapada en un esquema del que no podía escapar. Pero en medio de rastreos y confinamientos esporádicos, todo sabe diferente; un verano sin gente ni planes cerrados, sin buenos conciertos y con comercios fantasma, hoteles tapiados y chiringuitos vacíos, es un verano extraño, aunque por suerte, también está exento de las horrorosas jarras de sangría y paellas precocinadas en las Ramblas, y sin la maldita canción o cualquier muestra de un modelo turístico caduco.

El descanso estival es cruel, y no deja de ser otra manera de darwinismo social, otra forma de señalar la clase y las regalías sociales, porque solo descansan quienes puedan permitírselo. Ahora ante la imposibilidad de coger un avión y viajar al extranjero, ya sea con un pack vacacional de pulsera, con la mochila o a los grandes hoteles, ahora el pueblo, las segundas residencias y la posibilidad de alquilar casas con piscina es lo que está marcando, en este particular estío, las nuevas fronteras de la desigualdad. Es imposible no atender a la que está ocurriendo, es como si retrocediéramos cuarenta los años.

Intentar sobrevivir a la desazón colectiva consumiendo lo mínimo de la actualidad del coronavirus mientras aprendo a habitar en la incertidumbre

Intentar sobrevivir a la desazón colectiva consumiendo lo mínimo de la actualidad del coronavirus mientras aprendo a habitar en la incertidumbre, es una tarea ardua. Sin embargo, también reflexiono que de este modo viven miles de personas en Mozambique y en todo el mundo, que tienen que salir cada día a vender lo que sea para poder comer. El caos y la muerte forman parte de su normalidad. Pero aquí nos asustamos, sentimos una aversión especial por lo trágico y las emociones extremas, somos como niños opulentos que viven entre algodones, incapaces de afrontar la gravedad de la situación. Por esta razón el desconcierto se apodera de nuestros cuerpos y nos empuja a relacionarnos entre la inseguridad y la ansiedad por no saber qué va a ocurrir. Nos aterra la angustia de tener que intimar con la muerte.

Las peores pesadillas africanas llaman a las puertas de Europa mientras, por otros umbrales, penetra el neoliberalismo más extremo

Transitamos en la incerteza, peregrinamos hacia la desigualdad y ahí el humanismo cae a la deriva y la vida se hace más complicada. Intento soñar e imaginar el futuro, quiero ilusionarme, pero me cuesta. Me viene a la cabeza Mozambique, mis largas estancias en Maputo, porque ahí entendí lo que es la pobreza y la desesperación, descubrí el sadismo de la deuda en el día a día, fui testigo de su ensañamiento con la vida. Ahora advierto cómo las peores pesadillas africanas llaman a las puertas de Europa mientras, por otros umbrales, penetra el neoliberalismo más extremo clamando la americanización de la existencia.

La escritora estadounidense, Siri Hustvedt, afirma que el tiempo se ha colapsado debido a la emoción y los recuerdos tienen ahora una índole alucinatoria. Está en lo cierto, además habría que añadir que cuesta divisar el final de este delirio. Nos hemos convertido en nómadas del tiempo, pero vivimos el ciclo estacional que sigue ajeno a nuestras desgracias. La espiral temporal que somete a nuestros cuerpos al curso de la degradación y de las repeticiones, sigue activo.

Así que la vida sigue, en pocas semanas caerán las hojas de los árboles, empezará el frio y volveremos a entrar en la rueda del tiempo. Dicen que otro pico nos espera, que volverá la COVID-19 con más fuerza para recordarnos que somos seres vulnerables. Lo cierto es que no estoy preparada para un segundo round y pienso qué futuro me espera en septiembre con los niños si no hay colegio.

 



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