Política

La semana política | Dientes (que es lo que les jode) – El Salto

La semana política | Dientes (que es lo que les jode) - El Salto


La técnica Pantoja consiste en imponer un marco que, independientemente de la realidad, determina cualquier interpretación subsiguiente y establece una única verdad aceptada y aceptable. Cuando Isabel Pantoja sonrió a las cámaras de televisión y masculló su famoso “dientes, dientes, que es lo que les jode”, probablemente no sabía que estaba haciendo una aportación fundamental en la historia de la comunicación política. Así fue. Los aplausos a Pedro Sánchez a su regreso de la reunión del Consejo Europeo aplican esa técnica para construir un marco robusto de pensamiento: el acuerdo es bueno, es histórico, y da un portazo a los maniobras del Partido Popular para aislar al Gobierno y rematarlo cuando las cifras del paro y del endeudamiento público sean insostenibles. El trato es que nos lo creamos si no queremos aumentar la crispación política. Asumir los aplausos no como una solución definitiva sino como un placebo para calmar la ansiedad y el miedo a la incertidumbre en la que nos encontramos. 

Lo real es que el acuerdo es histórico en cuanto a que se extenderá en el tiempo, ya que el pago de las deudas puede llegar hasta 2058, aunque sea una apuesta arriesgada pensar que la Eurozona llegue hasta entonces. Es verdad que ha supuesto un frenazo a las aspiraciones de revocación exprés del actual Gobierno por parte del PP. El error del Partido Popular fue pensar que podía extrapolar la debilidad de la coalición de Gobierno a Europa, y no. Pero no es irreversible, ya que el acuerdo es una nueva invitación a una fórmula de Gobierno de concentración en la que encontrarían acomodo. Y sobre el hecho de que el acuerdo sea “bueno”… Realmente, ¿a quién le importa si se impone la idea de que el acuerdo es bueno?

La principal novedad es la barra libre al endeudamiento que, momentáneamente, se impone como solución a la crisis: se emite por primera vez un paquete de deuda conjunta de 750.000 millones de euros para la reactivación económica. Los bajos tipos de interés y el levantamiento temporal de los límites de déficit y deuda pública permitirán refinanciarse a los Estados durante el periodo de gracia de siete años establecido por la gobernanza europea. No se mutualizan, sino que se plantea un esquema complicado por el que al menos una parte de la financiación la dispone la Comisión Europea durante un periodo limitado en el tiempo.

Como todo en la UE, la complicación del esquema sirve a un objetivo. Básicamente, el sistema escogido hace que la deuda soberana quede a disposición de los circuitos financieros como un valor refugio, lo que debe evitar los ataques especulativos que tuvieron lugar entre 2012 y 2015 y sirvieron en bandeja el futuro de la ciudadanía griega. Aún así, el programa solo cubre una parte, de forma que esos ataques especulativos se podrán reproducir ya sea en la escala de la deuda soberana nacional o de las distintas regiones europeas. Se gana, eso sí, algo de tiempo: hablamos de meses más que de años. No obstante, la deuda se seguirá pagando aunque no quede un hospital de pie o haya que vender en Wallapop las mesas de los colegios. 

Consejo Europeo -semana

Reunión del Consejo Europeo. Foto: Pool Moncloa/Fernando Calvo y Pool Consejo Europeo

Memoria de pez

Es muy poco probable que Angela Merkel sepa quién es Isabel Pantoja. Coinciden, sin embargo, en una férrea convicción de que la imagen va antes que la idea. Ningún plan va más allá de seis meses y por eso es importante presentar este nuevo plan con todo tipo de fuegos artificiales. Nadie discutirá que dentro de un semestre sea necesario otro momento histórico o del recopetín. La nueva generación de políticos europeos, a los que Merkel ha acompañado de una crisis a otra, han crecido gracias a ese instinto. Seguramente, esa capacidad para entender el “momento” merezca los aplausos que recibió Pedro Sánchez y las glosas que estos días se le están escribiendo a Merkel. Pero la crisis de 2008 enseña que la puesta en escena de los momentos estelares no sirve para el beneficio de la mayoría.

El presidente del Consejo de la UE, Charles Michel, lo expresó con un alto grado de fatuidad: el objetivo de la cumbre era que el Financial Times titulase al día siguiente “que la UE ha cumplido una misión imposible”. No fue exactamente ese titular, pero Financial Times saludó el acuerdo por ser “un homenaje al reconocimiento de la canciller alemana Angela Merkel de la gravedad de la crisis y de la necesidad de una respuesta rápida y decisiva”. La realidad es que un acuerdo que satisface a la patronal alemana y al consejo editorial del principal medio del sector financiero de la City implica, en sí mismo, un problema para la mitad de la población española que vive en situación de precariedad.


Opinión


La troika, sentada en el consejo de ministros

Aunque no sea muy popular decirlo, la Unión Europea no ha cambiado sus políticas ni su proyecto, el mismo que llevó al hundimiento de Grecia en 2015 y que atará los préstamos actuales a exigencias de recortes.

Hay que agradecer la sinceridad dentro de la ingenuidad del presidente Michel: era casi imposible que todas las partes pudieran volver a sus respectivos países con el relato de la victoria sobre sus adversarios en el Consejo. Pero para conseguirlo había una fórmula, que consistía en no cambiar lo que ya hay. Ese es el gran mérito de Merkel desde su llegada al poder europeo: los pilares de la UE no han cambiado en lo más mínimo, aún así se valora su liderazgo y su decisión.

La deuda, como forma de poder, seguirá marcando el ritmo de la Unión Europea. Aunque no quede un hospital de pie, la deuda se seguirá pagando, en 2058 y más allá

El acuerdo es la simple aplicación de los tratados que han convertido a la Unión Europea en lo que es. Unos tratados que consagran una competición permanente entre sus Estados-miembro en las que, por defecto, gana Alemania y la especialización económica territorial: la Europa que vende sol y playa, la que fabrica lavadoras y bienes de equipo y un auténtico ejército laboral que trabaja por sueldos de miseria donde sea y cuando sea. Al acabar la histórica cumbre, el Pacto de Estabilidad y Crecimiento seguía ahí para marcar la senda de lo posible y lo imposible.

Victoria doméstica

Siguiendo la técnica Merkel-Pantoja no se trata tanto de discernir si se trata de una victoria o una derrota si no en cómo se ha interpretado esta cumbre en las distintas opiniones públicas. Europa, vista desde España, es terreno abonado para una interpretación optimista. Sánchez ha contado con esa ventaja a lo largo de sus dos mandatos y Rajoy pudo navegar la crisis de la deuda de 2012 bajo esa misma certeza. La alternativa al proyecto europeo, en el caso español, es el proyecto atlántico, que se encuentra en este momento exhausto tras la prueba de estrés que ha supuesto la fase del “reality show” político, que ha colapsado en cuanto ha existido la necesidad de una respuesta del sistema sanitario. O Merkel o Trump. La realidad es que no había otra alternativa en intramuros del sistema, y es difícil que la haya mientras España “la cuarta economía de la UE” no comprenda plenamente lo que significan la unión monetaria y el Tratado de Maastricht.

Lógicamente, el acuerdo europeo otorga, además de la baza simbólica, algo de margen a España para presentar unos presupuestos que solo pueden anticipar mínimamente la catástrofe que se abre a los pies de la economía. Se recibirán 72.000 millones de euros a fondo perdido, lo que supone un alivio del 2% del PIB para los próximos tres ejercicios. Estarán condicionados a seguir por la senda del semestre europeo, lo que limita cualquier esfuerzo por cambiar el modelo productivo.

La política doméstica se encuentra en una extraña situación de impás y sigue funcionando bajo los presupuestos de Cristóbal Montoro de 2018. Cualquier mejora de las cuentas del anterior ministro de Hacienda podrá ser presentada otra vez como una victoria, gracias al arte del instinto y la comunicación política. Sin embargo, esa disputa sí promete, a priori, concitar algo más de escrutinio público en cuanto a partidas como educación y sanidad pública, que no son prioritarias en el marco aprobado esta semana por el Consejo Europeo. Tal vez no valga solo con ensayar la mejor sonrisa.

En el escenario más cauto, el Banco de España ha calculado una caída del 9% del PIB en lo que queda de año, de forma que, descontado el 2% a fondo perdido, quedaría por achicar el impacto de una caída del 7%. En el escenario de rebrote del virus covid-19 y regreso a las políticas de confinamiento, es decir de desempleo y colapso de la demanda, el futuro inmediato será aún más desolador y, como consecuencia, la supervivencia del Gobierno de coalición, todavía más incierta. 

Llegará entonces la carrera por ver quién se deshace antes de su socio y plantea como una confrontación ─y no como una síntesis virtuosa─ las dos posiciones posibles para el espacio de las “izquierdas” en el ciclo que se está abriendo. La primera, la especialidad de la casa socialista, pasa por el apuntalamiento de cualquier fórmula de gran coalición que siga siendo sumisa hacia el poder real de la Unión Europea y los mercados. La segunda, por recuperar la impugnación al proyecto europeo que subyacía en el ciclo de movilización por el impago de la deuda y contra la austeridad, tensando, si no la Unión en sí misma, sí su arquitectura basada en la moneda común y la competencia fiscal. Nos tememos, sin embargo que, en 2015, ese barco velero cargado de sueños cruzó la bahía y nos dejó agitando el pañuelo sentados en la orilla. Que vuelva al puerto del que salió entonces es una tarea que no se puede llevar a cabo con sonrisas y vítores, más bien al contrario.



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