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La insoportable levedad de la cultura

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«El miedo siempre está dispuesto a ver las cosas peor de lo que son». Tito Livio.

Este verano, quien se lo ha podido permitir y ha optado libre y acojonadamente por ello, se ha ido de vacaciones. Dentro de unos días se abren las latas de los colegios. La gente, que tiene la suerte espiritual y/o alimenticia (por no estar en paro, ERE o ERTE envenenado) de tener trabajo, está acudiendo a sus puestos a tratar de hacerlo igual de bien, mal o regular que habitualmente.

Los toledanos, lo españoles, los seres humanos en general, nos revelamos como unos tipos a los que no se nos da mal del todo el tema este de la Evolución, la adaptación al medio y la adaptación al miedo.

El medio nos pone a prueba, y porque somos seres desconfiados y esquinados por naturaleza, o porque el mundo nos hizo así, que más da, tratamos de vencerlo o adaptarnos a él arteramente.

El medio nos mantiene en guardia para combatir nuestra molicie. El miedo nos hace prudentes, precavidos, nos ayuda a sobrevivir.

Tras una primera etapa de bloqueo y acojone, y otra de atrevida e ingenua esperanza en nuestra capacidad para erradicar al enemigo, hemos elegido convivir con el virus, las enfermedades, nosotros mismos, los demás, nuestra circunstancia y la de los otros.

Hemos elegido salir con mascarillas, mirar mal a los que no las llevan, indignarnos cuando nos miran mal porque no las llevamos, ver a nuestros familiares, a nuestros amigos, y hasta darles algún que otro abrazo furtivo que antes no les dábamos.

Hemos elegido seguir conviviendo con nuestros enemigos, con nuestros jefes, seguir quejándonos del gobierno, de la oposición, de la economía, de que los ricos sean cada vez más ricos y de que los pobres seamos cada vez más pobres, de que nos queda lo peor, de que la culpa siempre es del otro, etc, etc.

Hemos elegido ser libres en nuestros pensamientos y cautivos de nuestros actos, miedos y limitaciones. No, no y no queremos que nos confinen y si tenemos que ponerle puertas al campo queremos poder abrirlas y cerrarlas nosotros, aunque haya que hacerlo con guantes y pulverizador.

Hemos decidido seguir quejándonos de la globalidad sin renunciar a seguir haciendo multimillonario al que nos trae a casa los paquetes, mientras nos solidarizamos con el pequeño comercio y decir que ojalá hubiera más actos y cosas en la calle, eso sí con seguridad, y todo en el mismo párrafo.

Hemos aplaudido y hemos llenado las terrazas y los cines de verano, y hemos pasado de llamar héroes a superhéroes a esos que ahora llaman emprendedores, esos que no son otros más que los empresarios y los autónomos de toda la vida.

Hemos decidido que queremos sí, sí y sí los hospitales abiertos, una Sanidad abierta y presencial mejor que la antigua, esa que decíamos (sic) que era la mejor del mundo… y que no queremos que se eche sistemáticamente la culpa a los que estuvieron antes, los otros o a los de arriba, aunque no sepamos muy bien quienes son, porque los otros somos todos, y ese bucle pernicioso ya no cuela y deja cadáveres en la cuneta.

Sí, ya sé que el miedo es libre y que su libertad nos hace cautivos. Pero la cotidianeidad es un acto de valentía. No nos hagamos cooperadores necesarios del miedo. No le sirvamos de coartada moral mal entendida. No apelemos al miedo para no asumir responsabilidades, para no atrevernos, para no buscar caminos y soluciones, para dejar de combatirlo desde la imaginación y desde la audacia.

Debemos de dar un paso adelante todos: políticos, funcionarios, padres, madres, niños, jubilados, asalariados, asolariados y demás gente de buen, que los hay, mal, que hay muchos, o peor, que cada vez hay más, vivir.

Decía Sófocles que «Para quien tiene miedo, todo son ruidos». El ruido que no cesa no debe acallar el silencio decidido de nuestras valentías.

Necesitamos el virus de la osadía, de las decisiones valientes, de los caminos, de las equivocaciones, del intentar, del no estarse quieto, del ser consciente que estar parado casi siempre es peor que equivocarse. No todo es esperar que algo pase, sino hacer que pase.

Sí, ya sé que en tiempo de crisis no es bueno hacer mudanza, pero una cosa es no mudarse y otra no arreglar y ventilar la casa.

En lo que a mí me toca y creo que a todos nos toca, pienso que el virus de la Cultura y de los que la apoyan y la nutren espiritual y crematísticamente debe dar un paso adelante.

No es tiempo de aplazamientos, ni de suspensiones, ni de cancelaciones. Estiempo de salir, de hablar, de cantar, de recitar, aunque sea a cara cubierta, aunque sea para una o 99 almas, si no se puede llegar a las 1280 almas (no nos engañemos los eventos culturales no suelen ser pasto de las aglomeraciones) del brutal y genial Jim Thompson.

No olvidemos que un alma sola, un cuerpo solo, son tan infinitamente finitos o tan finitamente infinitos como 99 o como 1280, y si no que nos lo aplique Aquiles y su tortuga.

El miedo es una de esas sensaciones que nos acompañan en la vida desde que nacemos hasta que morimos. Pocas cosas nos son tan irracionales y al mismo tiempo tan lógicas como el miedo.

La valentía no es el contrario del miedo, simplemente es su otra cara. No vivamos muertos de miedo sino vivos de miedo, intentando, creando, apoyando. Nos lo vamos a agradecer, y mucho.

Y que cuando alguien nos presente una iniciativa para combatir nuestro miedo, ya sea a un creador que se autocensura, a un emprendedor que duda, a una institución pública o privada que recula, o a un espectador que se reprime, que ese miedo que todos tenemos aun cuando creemos que no estamos en peligro (yo soy un tipo odiosa y en ocasiones mezquinamente miedoso) no nos haga inventarnos peligros para justificar nuestros miedos, porque anclaremos nuestro ya maltrecho barco en la única enfermedad contagiosa que es realmente fatal para todos: el óxido letal de la parálisis y la desidia. Algo que un veneno tan necesario como endeble, este virus nuestro de la Cultura, no puede ni debe permitirse.

POR CALOR RODRIGOPOR CALOR RODRIGO

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