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El viaje hacia la barbarie de Cristina, la fallera que se convirtió en yihadista

El viaje hacia la barbarie de Cristina, la fallera que se convirtió en yihadista


VALENCIA
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Cristina decidió tirarlo todo por la borda para convertirse en mártir sin que nadie sospechara de ello. Su entorno más cercano desconocía que, mientras seguía compartiendo fotos vestida de fallera con sus amigas, se entrenaba en el manejo de armas y la confección de explosivos para unirse al terrorismo islámico, con el temor policial a que en cualquier momento pudiera convertirse en una amenaza mayor.

En su localidad, el municipio valenciano de Cullera, todos coinciden en que no era una persona dada a las multitudes, pero seguía un estilo de vida similar al de cualquier joven de 25 años. Allí fue detenida el 11 de noviembre por los delitos de integración en organización terrorista, financiación, desplazamiento a zona de conflicto y apología del terrorismo.

En los últimos meses se había vuelto a apuntar a la falla a la que había pertenecido durante más de una década porque una de sus amigas ostentaba el cargo de fallera mayor. Por el casal de la comisión se había dejado ver con su ya exmarido, un chico marroquí con el que rompió, precisamente, porque él no estaba dispuesto a saltar al vacío con ella. Intentó convencerlo durante un viaje a Turquía el pasado mes de enero para cruzar juntos la frontera con Siria y sumarse a las filas del autodenominado Estado Islámico. En ese momento, ella mantenía contactos con las estructuras de Daesh en el noroeste de ese país, a los que llegó a enviar cerca de 5.000 euros para financiar una lucha con la que estaba completamente comprometida.

La propaganda yihadista que consumía y distribuía ya había convertido a una joven que cursó sus estudios en un colegio vicenciano y posteriormente se decantó por realizar un módulo de cocina, en una persona totalmente diferente sin que ni siquiera sus padres, una familia cristiana de clase media que ahora respira aliviada, tuvieran la mínima sospecha en un primer momento.

Una radicalización a medida

Cristina fue dejando pistas de su avanzado proceso de radicalización cuando empezó a utilizar en público el hiyab, el velo islámico más común, y más tarde el niqab negro, que utilizan las mujeres musulmanas para cubrir todo su rostro excepto los ojos. También cuando ante sus compañeros de trabajo, en un local de restauración de la localidad costera, sacó una estampa de la virgen de Fátima y la colocó en la cocina. Así se hace llamar desde que se convirtió a la religión musulmana hace ya tres años. Su entorno más cercano seguía calificando estas actitudes de «rarezas», aunque llegó a utilizar a algunas de sus amigas para intercambiar materiales en internet sin ser descubierta.

Una crisis personal o existencial, una pareja radicalizada que arrastra a adoptar la misma determinación, el desconocimiento de la religión… Son muchos los factores que utilizan los captadores para identificar a jóvenes que pueden mostrarse proclives a hacer la yihad, a través de las redes y las aplicaciones de mensajería móvil.

«Se las somete a una inmersión en la propaganda y narrativa yihadista –diseñada y adaptada a ellas en lenguas europeas– que las va apartando cada vez más de su grupo afectivo hasta la adopción de una visión dicotómica del mundo. Un ellos versus nosotros, donde todo el que no adopta su ideología y actitudes es tachado de infiel, de enemigo, y será eliminado», explica a ABC Carola García-Calvo, investigadora principal del programa sobre radicalización violenta y terrorismo global del Real Instituto Elcano.

Imagen de la detención en la playa de San Antonio de Cullera (Valencia)
Imagen de la detención en la playa de San Antonio de Cullera (Valencia) – ABC

Dos atentados terroristas, el de las Ramblas de Barcelona en 2017 y la decapitación de un profesor en Francia hace apenas un mes, sirvieron como germen y clímax de una transformación que ha precipitado la intervención de la Policía ante la amenaza que suponía. En ese lapso de tiempo, se ha convertido en la única mujer arrestada en España con sus pretensiones debido, sobre todo, a la decadencia de las organizaciones terroristas en la zona sirio-irakí.

De hecho, apunta García-Calvo, en este caso el propósito no era cometer un acto suicida allí, sino ayudar –con apoyo logístico y recursos económicos– a individuos afines al Estado Islámico a retornar a Europa, « algo en los que las mujeres están actualmente también muy implicadas».

Su detención e ingreso en prisión frustró los planes más inmediatos: marcharse a Siria a finales de noviembre para casarse con uno de los siete «foreing fighters» -combatientes extranjeros- en la zona de Idlib con los que había tenido contacto directo a través de sus ocho móviles. Mediante esas llamadas y con los billetes a Turquía en la mano consiguió el contacto de un «pasador» que le permitiría llegar de forma clandestina al territorio controlado por los yihadistas con documentación falsa. En septiembre ya había dejado su trabajo, por lo que para poder afrontar ese elevado gasto tuvo que ir a Algeciras unas cuantas veces para conseguir hachís y venderlo después en Cullera.

Los investigadores siguen analizando los dispositivos electrónicos y los documentos que obtuvieron en una operación policial que se concentró en dos puntos: el apartamento de Cristina en la playa de San Antonio y la vivienda de sus padres en el casco histórico del municipio. Los comerciantes de la zona, con los negocios cerrados por coincidir el arresto con la hora de comer, tuvieron que proporcionar las grabaciones de sus cámaras de seguridad a la Policía sin saber qué había pasado hasta que vieron las noticias. El revuelo fue tal que el Ayuntamiento de Cullera se vio obligado a emitir un comunicado llamando a la calma a sus más de veinte mil habitantes. Nadie está preparado para saber que, al lado de su casa, se gesta la barbarie.

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