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El meteorito que nunca cayó en la cola para echar gasolina en Maripérez

El meteorito que nunca cayó en la cola para echar gasolina en Maripérez


Las colas para la gasolina son un mapa de los venezolanos. Hora tras hora conviven el honesto, el tracalero, el mentiroso, el funcionario, el vivo que intenta colearse. La escasez volvió a alimentar las serpientes de carros alrededor de las estaciones de servicio

“¡Viene un meteorito! ¡Vamos a volar todos ! ¡Gasten esa gasolina!”, gritó el borrachito en la avenida principal de Maripérez (municipio Libertador). Domingo 13 de septiembre a las 9 de la noche y todavía faltan unas 10 cuadras para echar gasolina pagada en dólares. La escasez es para todos, los que sobreviven en bolívares y los que viven en billetes verdes.

El borrachito del meteorito estuvo antecedido por un abuelo que pedía un dólar para comprar un antibiótico para su nieta, supuestamente recluida en el Hospital Ortopédico Infantil de Caracas. “Me estoy humillando por mi nieta”, aseguraba, en su prédica de carro en carro. Un hombre se asomaba a las ventanillas para vender un paquete de arroz de la caja o bolsa CLAP.

Las colas para la gasolina son un mapa de los venezolanos. Hora tras hora conviven el honesto, el tracalero, el mentiroso, el funcionario, el vivo que intenta colearse. Es difícil entender la lógica de esta serpiente que baja, sube, va derecho, vuelve a bajar, vuelve a subir.

Está cola comenzó para la familia a las 7 de la noche en la avenida Andrés Bello, con la buena nueva de que dos gandolas acababan de descargar y los militares a cargo de la seguridad se comprometieron a despachar “toda la noche hasta que se acabe”.

A las 9:25 de la noche llegamos a una gozosa conclusión: “Esta vez si echamos” . Al calor de las noches de septiembre las conversaciones en los carros se centran en lo mismo: el desastre nacional, las salidas a la crisis, las elecciones parlamentarias, lo mal que está todo, el dilema de migrar o de quedarse a sobrevivir.

Una cosa es esperar gasolina de noche, en una Caracas con su alumbrado público mermado, y otra cosa es hacerlo de día. De noche “todos los gatos son pardos”, y cada sombra es una amenaza en una ciudad de las más peligrosas del mundo. Dentro de los carros se apiña la gente que no se atreve a estar en la acera, bajo un farol que no ilumina.

Las colas tienen sus modalidades. En esta hay personas que guardan puestos con sillas, y desaparecen cuando llegan los carros. Hay carros que se mueven a empujones, otros que son jalados por la solidaridad porque ya están en “échame”. Discretamente algunos vehículos -posiblemente de funcionarios- esperan el visto bueno para surtirse.

Las horas de espera transcurren en la incertidumbre de no saber si la gasolina alcanza. Esa es una de las aventuras de vivir en la Venezuela del presente: hoy el rumor es que se acabará el gas directo y que se debe correr a comprar una hornilla para cocinar (en un país en el que se va la luz), que DirecTV va a costar 30 dólares y ¿quién paga eso? Vivimos el eterno presente de los gerundios. Hoy sabemos, mañana quién sabe.

Pasadas las 10 de la noche la cola continuaba, aunque cada vez con menos carros, porque el temor a estar en la calle también pesa.

El meteorito que anunciaba el borrachito nunca cayó. No hace falta. Basta circular por Caracas de noche para ver que por aquí pasó algo peor.



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