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Día de Asturias | Los asturianos somos feos – El Salto

Día de Asturias | Los asturianos somos feos - El Salto


Los asturianos somos feos. A tan profunda conclusión llegó después de unos días de estancia un pijipi barcelonés que pasó una tarde por casa este verano. Es posible que, como venía de la mano del Tinder y de una rubia escocesa que tenemos adoptada –y que es un auténtico imán para todo tipo de gente líquida– a casa de la señora asturfinlandesa con la que comparto quintana, no concebía la rara posibilidad de un autóctono en la sala. O era un faltón, que tampoco lo parecía.

Al contrario, se le veía educado: hablaba suave, en ese español mal llamado neutro que sale en la tele, tan difícil de escuchar al natural entre el populacho, y aparte de dicha perla tampoco le oí soltar ninguna otra necedad. Sencillamente, juzgaba nuestra apariencia como quien juzga un paisaje o una calle céntrica, y nadie es libre de este tipo de pensamientos cuando hace turismo por países lejanos y contemplamos desfilar gente de rasgos exóticos, pensando inevitablemente en lo mucho o poco que nos pone. El único error ético fue ese, que el juicio era negativo y los indígenas, a diferencia de los paisajes que habitamos y las calles por las que desfilamos, tenemos un corazoncito, aparte de cierto nivel de autoestima siempre al borde del precipicio, que hace como más elegante el callarlo en presencia.

Al fin y al cabo, es verdad que somos feos. Bellos paisajes, feas gentes, estuvo escrito un tiempo en un muro a la entrada de Llanes, y a mi me hacía mucha gracia, ya que padecía una incipiente Llaniscofobia y lo entendía más referido a la fealdad moral que a la física. Somos evidentemente más feos que el paisaje, y esta condición va revelándosenos según envejecemos y vamos perdiendo la belleza inocente de los veinte años mientras el monte, de año en año, retoña y se renueva.

Por eso nuestra fealdad, la de la población asturiana, en el caso de ser cierta como todo indica, no me parece que sea cosa solo de genética: de acuerdo con los patrones clásicos, la belleza es atributo de la juventud, y da la casualidad de que esta precisamente es la que no abunda en Asturies, donde se siguen batiendo récords cada año. Se hace difícil imaginar que los 224 mayores de 65 años que hay por cada 100 menores de 16 (casi el doble de la media estatal, ya de por sí elevada), por muy sanamente que vivan en la aldea y a pesar de esa serenidad y plenitud que desprenden muchas vejeces y compensan con mucho las arrugas, pueda equilibrar, en el campo de la belleza humana tal como la puede concebir un urbanícola babilonés, tanta falta de carne nueva y lozana de la que sale en los anuncios.

Esta fealdad socioeconómica tiene que ver principalmente con dos causas. La primera de ellas es que aquí, supongo que por lo feos que somos, se folla bien poco, al nivel proverbial euskérico, y siempre seguro. La segunda es que, desde que empezó a echar humo cierta máquina de vapor y fácil que ya de antes, somos una colonia económica y nos afecta deslocalización y migración como a cualquiera. Conozco a muchos ya no tan jóvenes de mi quinta que estaban bastante jabatos antes de verse obligados a irse a trabajar fuera, y seguro que mi amigo babilonés se ha cruzado con alguno de ellos cualquier día por El Born, pensando que estaban elevando la belleza media barcelonesa.

El asunto es que el tipo en cuestión no era un simple turista. Con sus cuarenta y pocos ya reunía pasta suficiente como para no tener que volver a trabajar en la vida, y traía repleto su zurrón de rentista en busca de una casa de aldea que comprar. Se había pasado el encierro entero en una ratonera de la que se hacía difícil salir y venía superdispuesto a renunciar a la belleza de la gente de la ciudad, a la que ahora, por detrás de las mascarillas, era más difícil apreciar. Así que se adaptaba a convivir todos los días con gente fea, ya que había comprendido que la gente pasa, mientras que las montañas permanecen, y que con lo que cuesta un piso en el Born puedes comprar, en mitad de esta tierra exótica, cinco caseríes con hermosa fachada al sur y vistas a Peñamayor o al Sueve o al Aramo. Esto apunta a tendencia, y si ello va a afectar a nuestra fealdad media no lo tengo yo muy claro. No me iba a molar nada.

Tengo para mí que aparte de estas dos causas de lo nuestro que antes dije, hay otra, no por inconsciente menos importante, y es que aquí siempre fuimos unos modernos, véase Tino Casal, y como adelantados al tiempo ya somos conscientes de que para escapar de este proceso biológico de plaga y extinción, desfase y colapso, al que nos conduce la lógica irracional del neoliberalismo, el único futuro viable pasa por la fealdad del decrecimiento, y en eso hace mucho que somos vanguardia. Por eso somos tan feos, pequeños aunque grandones, y por eso el decrecimiento será Asturies, siempre conquistada, y lo demás tierra conquistada.

Nortes

Este texto fue originalmente publicado en llingua asturiana en Nortes.



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