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Columnistas: Examen de conciencia, por Alonso Cueto | Columna | COVID-19 | Coronavi

Columnistas: Examen de conciencia, por Alonso Cueto | Columna | COVID-19 | Coronavi



La cuarentena que terminó esta semana ha sido un examen de conciencia, como a los que alguna vez nos obligaron en el colegio. Esta vez no ha sido en torno a nuestros pecados, sino a algo parecido: nuestras necesidades. En su inicio, el Gobierno prohibió las salidas, excepto para actividades consideradas “esenciales”. En ese primer momento, se definieron tres áreas esenciales: el cuidado de la salud (podíamos ir a farmacias), la alimentación (a mercados) y la subsistencia económica (a bancos). Sin embargo, cada uno de nosotros hizo su propia lista de actividades esenciales. Solo en las cuarentenas y en los casos de emergencia nos damos cuenta de quiénes somos; es decir, de qué es aquello que consideramos “esencial”.

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Es esencial comer, respirar y tener buena salud, pero también es esencial poder escuchar música, cantar algo, ver alguna telenovela o, mejor aun, leer algún libro y ver una película aunque sea por televisión. Para mí, son esenciales Mozart, Chabuca Granda, Pinglo Alva, Susana Baca, Elton John, el tercer concierto de Brandenburgo de Bach, el concierto de violín de Brahms, los valses de Serafina Quinteras, además de Compay Segundo y su “Chan Chan”. Son esenciales Proust, Jane Austen, Henry James y el Joyce de “Retrato de un artista adolescente”. Son esenciales las caminatas o, mejor dicho, los paseos (que en teoría estaban prohibidos en cuarentena, pero a los que nunca renuncié), en especial los paseos sin dirección, los paseos por las puras, los paseos que no van a ningún lugar y que, por eso, precisamente van a un lugar siempre esperado, donde descubrimos algo. Son esenciales las conversaciones telefónicas con amigos (las he tenido frecuentes y muy largas) y los correos electrónicos con otros, donde la pregunta “¿cómo la están pasando?” es la más frecuente. Frecuente, en especial, entre aquellos que estamos bien de salud aunque somos parte de la “población vulnerable”. Son esenciales las conversaciones diarias con nuestras parejas, hijos, padres, todos aquellos con los que uno pasa el encierro. La mesa de una casa es un lugar de concentración de lo esencial. Una casa sin una mesa en su centro está condenando a sus habitantes al desamparo. Para algunos privilegiados, es esencial el Zoom, esa palabra que antes expresaba para mí un recurso cinematográfico y que hoy señala el paso a nuevos tiempos y espacios. Para mí, el regalo especial del Zoom es ver a mis hermanos, mis cuñadas, mis sobrinos, a mi hijo y a mi nieta que viven lejos, y a quien pueda contarle alguna historia. Nadie puede vivir hoy sin el Zoom, que es como la anulación de las distancias en una sílaba hechicera de vocales abiertas.

Pueden ser buenos pero no son esenciales, en cambio, los viajes, las trasnochadas, las discotecas y las aglomeraciones. En el Perú, con raras excepciones, solo he visto que se interrumpe esa regla en los entierros y en los paraderos, dos escenarios de la necesidad frente a la muerte y a la vida. No son esenciales las reuniones presenciales en el Congreso, cuya decisión de parece incomprensible en estos tiempos. No es esencial el público para que haya fútbol ni el espectador presencial para que haya un concierto o una obra de teatro. Sí son esenciales la pasión, la resistencia, la esperanza y la sensible certeza de que somos testigos de un tiempo terrible donde al menos parte de la sociedad peruana ha hecho algunos pactos de solidaridad. La palabra “resiliencia”, la palabra “fantasía” y la palabra “esperanza” expresan todo aquello de esencial. Además de farmacias, mercados y bancos, por supuesto.



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