Política

Barrios | Barcelona, octubre 2020 – El Salto

Barrios | Barcelona, octubre 2020 - El Salto


He recorrido las calles de una Barcelona distópica, sin bares, sin restaurantes, sin aglomeraciones ni turistas. Tanto caminé que atravesé varias ciudades dentro de la misma, y divisé distintos miedos, grados diversos de exposición al vértigo. He atravesado calles de una tristeza tranquila, con un mundo detenido que espera aguantar el tirón. He visto a gente que no aguanta el tirón haciendo cola frente al cash converters. Vi dos de estas tiendas donde vendes tus cosas, en calles que guardaban apariencia sólida, aceras donde parecía que se pudiese sobrevivir al envite del colapso. Y sin embargo, ahí estaban, aguardando su turno, con quién sabe qué cosas en las bolsas y mochilas, no necesariamente angustiados, ni nerviosas les vi, aunque con la mascarilla es difícil apreciar los labios que se muerden, la mandíbula tensa. Con todo, al menos les quedan cosas que vender, no están del todo desnudos ante las crisis.

También pasé por calles muy nobles, con los salones iluminados con tonos cálidos, enormes ventanas tras las que se vislumbraban amplios y acogedores pisos. Desde abajo, se podían ver lámparas sofisticadas, cuadros delatando buen gusto, intuir vidas históricamente tranquilas, hereditariamente tranquilas tras esos sólidos muros que te separan de todo, y pensé, que idea de la realidad se puede tener desde ahí arriba, qué llega de lo que desespera y lo que se sufre. Qué Barcelona será la de esa gente. A cuantos kilómetros en vertical viven de las otras ciudades que aquí habitan.

Hace tiempo que Barcelona me fascina. Las primeras veces que vine, de muy joven, me pareció que en ella muchas cosas eran posibles. Había en la calle como una vida con ganas, o quizás eran mis propias ganas desparramándose por una ciudad bien dispuesta. Años después, al volver, sentí que la ciudad estaba saturada de las ganas de todos, un templo de apetitos estéticos, culturales, vitales, turísticos que inundaba la ciudad como una marea alta y a ratos parecía que la ahogaba. Regresé bastante tiempo después, con muchas menos ganas y muchos más recelos, pero me encontré con otra ciudad que peleaba, respiraba, se defendía, en las afueras y los pliegues de esa Barcelona de postal que se devoraba a sí misma.

Barcelona es ahora una estructura desnuda que no puede esconder sus vergüenzas bajo el movimiento continuo. Por un lado se ve hermosa, así sin tanto adorno, por otro lado se la adivina débil, se le intuye un revés precario

Estos días raros proliferan los carteles de se vende y se alquila. En el Raval, de día, las tiendas de ropa vintage y moderneces varias se revelan vanas y absurdas en una ciudad que ya no se rige por los apetitos de consumismo aspiracional, de ganas estéticas y turísticas. Barcelona es ahora una estructura desnuda que no puede esconder sus vergüenzas bajo el movimiento continuo. Por un lado se ve hermosa, así sin tanto adorno, por otro lado se la ve débil, se le intuye un revés precario.

Se percibe la amenaza en las cortinas de los negocios bajadas, los dependientes ociosos, los hoteles despoblados, pienso que el turismo es como el petróleo, como esas materias primas que hipotecan los países y los vuelven estados fallidos. El turismo genera riqueza, mantiene al PIB vigoroso, pero configura sociedades débiles y desigualdad por doquier, cuando todo está armado para no repartir los beneficios. Además, la explotación del recurso es finita como la de las materias primas, porque las ciudades se agotan, se vacían, se acartonan, cuando se vuelcan todas hacia los apetitos de afuera, como única forma de colmar las necesidades de adentro. Un monocultivo que seca gran parte de lo que la ciudad tenía de fértil. ¿Qué saldrá después de este barbecho de rbnb vacíos y calles más quietas?

El turismo, como el petróleo, también se puede comer la democracia, pues no poder elegir dónde vivir, no alcanzar a pagar un piso en tu propia ciudad, es una pérdida descomunal de derechos. Así que en muchos de esos carteles de se alquila, donde pisos turísticos duermen al calor de la pandemia, con la nueva regulación del alquiler conseguida a golpe de perseverancia y lucha, se configura un escenario posible donde las ganas más lucrativas de unos no se impongan a las necesidades de todos. Claro que los alquileres son asequibles cuando hay dinero. Y en esta Barcelona distópica del 2020, se presume, como en el resto del estado, un huracán de bolsillos vacíos.

Basta poner los pies en la calle para entender muchas cosas, habla más solo una calle que todos los telediarios de la racialización del precariado, o de que uno puede ser trabajador y a la vez ejército de reserva

Lejos de los pisos bien iluminados, decorados con gusto y clase de alta burguesía, hay mucha gente haciendo cuentas que no salen, la precariedad aflora al primer vistazo. Ayer, en una sola calle a las 11 de la noche, la oscuridad solo era interrumpida por mochilas de glovo. Delante tuyo, ubicados casi como si se tratara de una performance, riders llegando o partiendo, llamando al telefonillo, abriendo su mochila, mirando la app. Conté cinco en menos de 100 metros, solo estaban ellos. No tenía una cámara para inmortalizarlo, pero la escena gritaba algo que permanece en las retinas. Basta poner los pies en la calle para entender muchas cosas, habla más solo una calle que todos los telediarios de la racialización del precariado, o de que uno puede ser trabajador y a la vez ejército de reserva.

También la noche desnuda de turismo y de fiesta deja entrever un escenario que asusta. Cruzando el Raval de noche, o el Barrio Gótico, por las calles otrora transitadas por gente con ganas y dinero en la cartera para satisfacerlas, pululan los que se van quedando afuera. A cierta hora, son casi todos hombres, entre ellos, algunos solos, borrachos, rotos, hablando solos, escupidos por el sistema. Masculinidades zaheridas por no alcanzar a cumplir ninguno de los mandatos sagrados, sin nadie a quien cuidar a esas horas, sin la capacidad de cuidarse a sí mismos. Hombres abandonados en barrios abandonados. Mientras los coches de la guardia urbana suben y bajan las calles.

Grupos de chicos jóvenes aquí y allá, afrontan una vida que deja pocos resquicios de futuro. Marcados de alteridad, su propia presencia parece una amenaza, aún cuando no hacen nada, aún cuando simplemente pueblan el espacio público. Por si en algún momento pensaran que son como todos y hay lugar para sus necesidades, que en esta ciudad o en este sistema hay sitio para sus ganas, la policía les recuerda que son ante todo sospechosos, también quienes al divisarlos les esquivan.

Barcelona, octubre 2020, llevo días sin mirar las noticias, ando perdida con las nuevas normativas, su aplicación y vigencia, desconozco cuáles serán las últimas Ayusadas, o las ocurrencias más locas de la extrema derecha. Siento que es pateando las calles como mejor dimensiono los efectos de esta pandemia estructural que es el neoliberalismo, cuando de pronto aparece una pandemia coyuntural y lo muestra desnudo en su crueldad y carencia de futuro. Pienso que se podría deducir lo mismo atravesando mis ciudades, las ciudades que coexisten en la ciudad que es mi casa. Y concluyo que es cierto pero también lo es que es caminando ciudades otras, con la mirada desfamiliarizada y limpia de naturalizaciones e inercias, como mejor se lee lo que las calles tiene que contar. Mucho más real, mucho más urgente, mucho más interesante, que el cacareo luminoso de las pantallas.



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