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Antiespecismo | El gran debate sobre el dolor de los peces – El Salto

Antiespecismo | El gran debate sobre el dolor de los peces - El Salto


¿Qué pasa cuando los científicos se enganchan a una pregunta que podría ser discutida para siempre?

¿Los peces sienten dolor? Durante más de 50 años, esta pregunta ha sido el foco de múltiples carreras científicas y ha consumido incontables horas de investigación, debate y reflexión. Pero una pregunta distinta y relacionada ha recibido mucha menos atención: ¿cómo y por qué el dolor de los peces empezó a ser una polémica científica? La experiencia del dolor tiene una dimensión ineludiblemente subjetiva para todos los organismos. Tal experiencia podría estar correlacionada con ciertos fenómenos neurofisiológicos, pero no puede ser reducida completamente a tales fenómenos y tampoco es posible acceder a los estados cognitivos internos de otro individuo (humano o de otro tipo) para determinar cómo podrían ser percibidos los fenómenos subjetivamente. Además, los peces constituyen una categoría extraordinariamente amplia; los tiburones hoy están evolutivamente tan cerca del fletán como lo están los seres humanos. Así, queremos preguntar no sólo lo que la ciencia dice sobre el dolor en peces, sino ¿qué nos dice el debate sobre el dolor en peces sobre la ciencia?

Para tratar de responder a esta pregunta, hemos evaluado la historia del gran debate sobre el dolor en peces y examinado quién ha estado involucrado, los acontecimientos que impulsaron sus esfuerzos y la manera en que los valores humanos y sus conflictos de interés han dado forma a los términos del debate y a las líneas de investigación.

Nuestra historia comienza en los años 60 con las campañas contra la pesca en Sudáfrica. Luego se traslada a Alemania Occidental, donde los grupos en defensa de los derechos de los animales, centrándose en la pesca de captura y suelta, ganaron varias batallas sobre la situación legal de los peces a partir de la década de los 80. Los argumentos sobre el dolor en peces llegaron al panorama global en los 2000, cuando una comunidad más grande de investigadores comenzó a recurrir a un conjunto más diverso de métodos y avances científicos para abordar la pregunta de cuándo y cómo los peces sienten dolor. Sin embargo, para aquellos científicos y defensores de la idea de que los peces no pueden sentir dolor, el razonamiento ha sido el mismo durante décadas: los peces no tienen neocórtex. Se cree que el neocórtex, que es la capa exterior de la corteza cerebral en los cerebros de los mamíferos, está involucrado en varios procesos, incluyendo la percepción sensorial, la conciencia, el razonamiento espacial, el lenguaje y las órdenes motoras. El significado y las particularidades de este singular y persistente criterio para el dolor en los peces solo puede entenderse retornando al origen del debate y a sus vínculos con el sector de la pesca recreativa.

AL PRINCIPIO

El dolor en peces se politizó por primera vez en Sudáfrica durante los años 60, en respuesta a la oposición a la pesca recreativa con caña por parte de los grupos de defensa de los derechos de los animales. J. L. B. Smith, un ictiólogo sudafricano y ávido pescador, observó que “hay un amplio interés en el dolor en los peces, que proviene en gran parte de un raro antagonismo dirigido contra los pescadores”. Smith es más conocido por su co-descubrimiento de una especie de celacanto vivo, un pez marino que se creía extinguido hace tiempo y más tarde por escribir el popular libro Our Fishes, publicado póstumamente en 1968, en que dedicó un capítulo al debate sobre el dolor en los peces.

El punto de partida del argumento científico de Smith fue la distinción entre las especies animales “primitivas” evolutivamente estancadas y las avanzadas. En Our Fishes argumentó, “Si tienes sentimientos hacia los peces, detente y date cuenta de que mientras que el hombre ha cambiado la vida en la tierra, en el agua no tiene influencia; la vida es tan primitiva como siempre lo ha sido”.

De hecho, Smith incluso aplicó esta lógica falaz a nivel racial. Aunque los seres humanos supuestamente tenían el “sentido del dolor más desarrollado”, se aventuró a decir que había una división evolutiva también dentro de la humanidad. “Los negros y los pueblos primitivos generalmente sienten comparativamente menos dolor que los blancos”, afirmó Smith. Su explicación de por qué los peces no podían sentir dolor era puramente mecánica: sus cerebros carecían de los “lóbulos frontales“ del neocórtex de los mamíferos. La interpretación de Smith estructuró el subsiguiente debate sobre el dolor en peces, uno en el que el neocórtex, la pesca con caña y los derechos de los animales seguirían teniendo una presencia prominente.

En 1972, el centro del debate sobre el dolor en peces pasó de Sudáfrica a Alemania Occidental, en parte debido a la aprobación de la Ley de Bienestar Animal de ese país, que establece que ”no se puede causar dolor, sufrimiento o daño a un animal sin una buena razón“. En 1976, el Ministerio Federal de Alemania Occidental de Alimentación, Agricultura y Bosques pidió a Dorothea Schulz del Instituto de Medicina Veterinaria que escribiera un informe, que completó ese mismo año, sobre cómo afectaría la nueva ley a los métodos de sacrificio de la pesca comercial de anguila. Dos años más tarde, comunicó sus hallazgos directamente a activistas por los derechos de los animales de Alemania Occidental en un ensayo en la revista del movimiento, Du und das tier (”Tú y los animales“). Con el título ”Sobre la Sensación de Dolor en los Peces“ (Zum Schmerzempfinden des Fisches), Schulz esbozó una genealogía del debate, vinculando la antigua literatura científica alemana y holandesa, incluyendo un artículo publicado en 1907. Schulz señaló que los científicos que estudian la neurofisiología de los peces habían concluido hace tiempo que los peces no eran meras ”máquinas de respuestas reflejo“, sino que eran criaturas que mostraban comportamientos complejos y merecían que su bienestar fuese considerado. En sus experimentos, midió el estrés de las anguilas al someterse a procedimientos de sacrificio estándar con y sin anestesia y concluyó que las anguilas sí sentían dolor. En base a estos resultados, Schulz recomendó que las anguilas fueran aturdidas o anestesiadas antes del sacrificio.

Otros científicos de Alemania Occidental siguieron el ejemplo de Schulz a través de la investigación sobre el dolor físico en peces, la inteligencia, el sufrimiento causado por la contaminación, la experiencia del miedo y la fisiología del dolor. Un informe de 1984 sobre la pesca con caña, con coautoría del neurobiólogo O. Hunrich Spieser, concluyó que ”no hay absolutamente ninguna duda de que la pesca con caña hace que los peces sufran agonía extrema (schwerste Qualen). A la luz de las evidencias procedentes de la neurología, la etología, la psicología social y la medicina veterinaria, la pesca con caña es una práctica bárbara (eine Barbarei) en todos los sentidos en que lo es la tauromaquia“. En una amplia revisión del debate del dolor en peces, Wolfgang Klausewitz, un ictiólogo de la Universidad de Frankfurt, predijo en 1989 que sería sólo cuestión de tiempo que el uso de cebos vivos y la pesca deportiva fuesen prohibidos en Alemania Occidental.

LOS PESCADORES EN EL MUELLE

En la década de 1980 la Liga Alemana de Defensa de los Animales (deutscher Tierschutzbund, DTSB) intensificó su campaña para proteger a los peces. El grupo comenzó a llevar a los pescadores a los tribunales por usar ”redes de retención“, en las que los peces se mantenían vivos después de ser capturados y podían llegar a asfixiarse lentamente. Citando la Ley de Bienestar Animal de 1972, la DTSB presentó cargos contra un pescador que participó en una competición de pesca de 1986 en el río Lippe, donde se mantenían a los peces languideciendo durante horas en un red de seguridad antes de ser arrojados de vuelta al río. En 1990 un juez falló a favor de la DTSB y multó al pescador. Después de la victoria, un líder de la DTSB, Wolfgang Apel, declaró: ”Nos mantendremos cerca (auf den Pelz rücken) de estos obstinados (unbelehrbar) organizadores de estos fraudulentos y mal llamados (Etikettenschwindel) festivales, hasta que el último pescador entienda que estas celebraciones son a costa de una criatura que sufre y constituyen un delito que puede ser multado”.

Un segundo punto de inflexión legal llegó en 2001, cuando la DTSB ganó un caso de crueldad animal contra pescadores deportivos en la ciudad de Bad Oeynhausen, cerca de Hannover. A diferencia del caso de hacía una década que se centró en el sufrimiento de los peces en una red de pesca, el acusado en este caso sacó una carpa del agua durante cinco minutos para pesarla y fotografiarla antes de soltarla de nuevo en el río Weser. Usando las propias fotografías del pescador como prueba, la DTSB argumentó con éxito que la Ley de Bienestar Animal del gobierno alemán prohibía infligir dolor a los animales sin una buena razón y una buena razón, según la ley, no incluía capturar y soltar. Aunque Alemania todavía no tiene una prohibición oficial a nivel nacional de la pesca con caña, el fallo de 2001 desencadenó una prohibición de facto de la pesca de captura y suelta. En efecto, las competiciones de captura y suelta fueron vistas por muchos alemanes como una importación angloamericana relativamente reciente desvinculada de la tradición alemana de comerse lo capturado. La victoria legal, una culminación de años de activismo contra la pesca con caña, fue seguida de casos similares en otros países, incluido uno en Suiza, que en 2008 impuso restricciones a la captura y suelta, al cebo vivo y a los anzuelos de púas.

MIENTRAS TANTO, AL OTRO LADO DEL CHARCO

Sin embargo, las fuerzas compensatorias de la ciencia y la política entraron en juego cuando parecía que el activismo europeo contra la pesca con caña podría extenderse a los Estados Unidos. El desencadenante fue probablemente la decisión de PETA en 1995 de contratar a Davey Shepherd de la organización Pisces del Reino Unido (anteriormente conocida como la Campaña para la Abolición de la Pesca) para llevar a cabo su campaña contra la pesca en Estados Unidos. Siguiendo el precedente alemán, esa campaña se centró en los concursos de pesca deportiva de captura y suelta en lugar de en la pesca de sustento. Los columnistas de las revistas de pesca revivieron los argumentos sobre el dolor en peces originalmente expuestos por Smith y advirtieron que los Estados Unidos estaban siguiendo el camino de Alemania. En 1998, la empresa americana American Fisheries Society (AFS), una asociación profesional que representa a la pesca comercial, la recreativa y la indígena, estableció un Grupo de Trabajo sobre el Uso Humano de Peces y Otros Recursos Acuáticos Vivos. Poco después del caso Bad Oeynhausen de 2001, la AFS pidió al neurobiólogo James Rose que escribiera un informe sobre el dolor en peces, que sería utilizado en la actualización de las directrices sobre las investigaciones de campo de la sociedad. En el prefacio de sus directrices anteriores (1988), el presidente de la sociedad de entonces, John Nickum, había afirmado que no se podía “atribuir emociones humanas a los peces”. Nickum, que fue de nuevo el presidente del comité que actualizó las directrices, leyó los borradores del artículo de Rose y se basó en gran medida en ellos en el documento revisado publicado en 2004. Nickum y el comité subrayaron de nuevo que debido a que los peces, a diferencia de los mamíferos, no tienen un neocórtex, “Asunciones y percepciones basadas en las experiencias con mamíferos, especialmente primates, no deben ser extrapoladas a los peces”.

Hasta su trabajo para la AFS, Rose había realizado la mayoría de sus investigaciones sobre las hormonas de los tritones. Sin embargo, en 1999 publicó un artículo en una popular revista de pesca, The Fisherman, titulado “¿Sienten Dolor los Peces?” y fue el autor principal de un artículo del año 2000 sobre la enfermedad del torneo en truchas. Rose enseñó en la Universidad de Wyoming, un importante centro de la red de AFS. Sin embargo, en términos de la influencia de Rose en el debate sobre el dolor en peces, tal vez el factor más importante fue su formación como neurocientífico. El informe de Rose para la AFS sirvió de base para su influyente artículo de 2002, “La Naturaleza Neurocomportamental de los Peces y la Cuestión de la Consciencia y el Dolor”, publicado en la publicación periódica de la sociedad Reviews in Fisheries Science. Rose sigue siendo citado a menudo en artículos escépticos sobre el dolor en peces.

Rose, avanzando en la posición que Smith había establecido décadas atrás, subrayó que los peces carecían de un neocórtex y por lo tanto de consciencia y “sin consciencia, no hay consciencia del dolor”. Al igual que Smith, abogó por una ruptura evolutiva de la consciencia, presentando a los peces como reliquias evolutivas y subrayando la singularidad de los mamíferos, especialmente los humanos, siendo estos últimos los más sensibles al dolor porque poseen el “mayor grado de desarrollo de los hemisferios cerebrales”. Si los peces forcejeaban ante los pescadores, razonó Rose, era porque “la interferencia del anzuelo sobre su movimiento, y no una estimulación nociva, crea respuestas de huida“. Los peces atrapados ni siquiera sentían miedo porque ”el miedo es también un fenómeno psicológico consciente que, similar al dolor, requiere de un sistema neocortical adecuado para ser sentido“. El supuesto fundamental en su planteamiento fue que ”el pensamiento antropomórfico socava nuestra comprensión de otras especies“. El artículo de Rose de 2002 atrajo una atención significativa en los medios de comunicación dirigidos a los pescadores, como las revistas Field & Stream y Game & Fish, y el sitio web anglingmatters.com.

CUESTIÓN DE NERVIOS

La ciencia parecía estar manteniéndose al corriente de la política y expandiéndose también a otros países. En 1999, Michael Gentle y Victoria Braithwaite, investigadores sobre comportamiento animal del Instituto Roslin y la Universidad de Edimburgo, respectivamente, iniciaron un programa de investigación para estudiar el dolor en peces y poco después contrataron a Lynne Sneddon como investigadora postdoctoral. Gentle, el mayor de los tres, había estado publicando artículos sobre dolor animal, especialmente sobre el sufrimiento de las aves de corral, desde la década de 1980. En los 90, Braithwaite estudió la inteligencia espacial de los animales, primero en las palomas y después en los peces, lo que probablemente la llevó a convencerse de que los peces eran capaces de sentir experiencias. Después de unirse al programa, Sneddon publicó una serie de artículos sobre las fibras A delta y C -nervios que transmiten información relacionada con el dolor al cerebro- en los que informaba que las encontraba indistinguibles de las terminaciones nerviosas que se encuentran en los mamíferos y concluía que funcionaban de forma similar.

En 2003, Sneddon, Braithwaite y Gentle se centraron en la cuestión de si los anzuelos causaban dolor en los peces, utilizando la técnica de inyectar ácido acético, veneno de abeja y una solución salina en los labios de la trucha arcoíris. Interpretaron el comportamiento resultante de los peces, incluyendo el frotamiento de los labios en la grava, el movimiento de balanceo y la falta de apetito, como consistente con la experiencia del dolor. Investigaciones posteriores demostraron que tales sensaciones distraían a la trucha arcoíris lo suficiente como para disminuir su miedo a la novedad, otro probable indicio de dolor. Sus resultados, publicados en dos artículos en 2003, influyeron en el debate sobre el dolor en peces y parecieron crear una base coherente de consenso para los científicos de habla inglesa, una hazaña no muy diferente de lo que Schulz logró en Alemania occidental en los 70.

Rose, a su vez, escribió una crítica de los trabajos de 2003 de Sneddon y sus colaboradores sobre el dolor en la trucha arcoíris, argumentando que habían ”malinterpretado“ sus resultados. Los peces volvieron a comer ”menos de tres horas“ después de que se les inyectaran líquidos nocivos en el labio, dijo, ”lo que apenas apoya la afirmación de que sentían dolor“. Quizá Rose nunca se ha mordido el labio. También argumentó que los peces ”se alimentan ávidamente de presas potencialmente nocivas como cangrejos de río, cangrejos y peces que tienen espinas afiladas en sus aletas, lo que indica además que no son muy reactivos a los estímulos orales nocivos“. Un año más tarde, Braithwaite y un colaborador, F. A. Huntingford, publicaron un artículo en la revista Animal Welfare argumentando que la conclusión de Rose de que sólo los mamíferos podían sentir dolor era ”una postura extrema que encuentra poco apoyo entre los que trabajan en dolor animal“. Otros trabajos de Braithwaite explicaron cómo los cerebros de los peces podían sustentar consciencia sin un neocórtex.

El artículo de Rose de 2002 para la AFS había entretanto vigorizado a los escépticos del dolor en peces y científicos de Estados Unidos y Alemania comenzaron a trabajar juntos. En Alemania, la comunidad de pesca recreativa, que incluye empresas, oficinas gubernamentales y científicos universitarios, invirtió importantes recursos en la investigación que desafió el trabajo anterior que demostraba que los peces sienten dolor. Gran parte del esfuerzo dirigido por Alemania ha sido realizado por Robert Arlinghaus, quien fue un crítico de la decisión que se tomó en Bad Oeynhausen en 2001 cuando era un estudiante de posgrado. Arlinghaus es ahora científico senior del Departamento de Biología y Ecología de Peces del Instituto Leibniz de Ecología de Agua Dulce y Pesca Continental y presidente de la División de Gestión Integrada de la Pesca de la Universidad Humboldt de Berlín. A menudo publica con colaboradores internacionales y fue retratado en la revista alemana Der Spiegel como uno de los principales científicos de pesca de Alemania. Su investigación ha sido apoyada ocasionalmente por organizaciones que abogan en favor de la pesca con caña (como él ha reconocido abiertamente) y en un artículo publicado en 2012 en la revista Fisheries, él y sus coautores alentaron a los investigadores a publicar investigaciones favorables a la pesca con caña porque ”sin suficiente apoyo, las afirmaciones radicales que presentan a los pescadores como crueles sádicos que juegan con los peces sin ninguna buena razón pueden ser retóricamente eficaces. Se necesita una intervención poderosa para contrarrestar esas tendencias“. En 2018, la Sociedad Americana de Pesca, con sede en EE.UU., le dio un ”premio a la excelencia“.

Los científicos escépticos sobre el dolor en peces suelen presentar a los pescadores como guardianes del medio ambiente. Arlinghaus y otros han formulado un código de conducta para la pesca con caña, que permite la práctica de la captura y suelta, especialmente cuando se participa en competiciones de pesca deportiva. En esta visión, los ”pescadores modelo“ se dedican a los viajes y las competiciones de pesca, siguen los reglamentos, hablan en nombre de la pesca y pueden movilizarse para defender el deporte contra el movimiento en pro de los derechos de los animales y otras amenazas, como la contaminación. En un artículo de 2007 en el que criticaba la antropomorfización de los peces, Rose caracterizó a los pescadores como la última defensa de la naturaleza: ”Si [los activistas por los derechos de los animales] tuvieran éxito en la eliminación de la pesca con caña, los peces se convertirían en una abstracción aún mayor para nuestra población en gran medida urbanizada y no habría ninguna fuerza alternativa que viniera en su ayuda con tal compromiso y recursos financieros“.

Aunque la mayoría de los participantes en este debate son biólogos desde las universidades (que suelen ser pescadores), algunos de los que sostienen que los peces no pueden sentir dolor son entusiastas de la pesca o profesionales de la pesca que tienen sus propios negocios. Por ejemplo, Alexander Schwab, un ávido pescador suizo y ejecutivo de publicidad, ha sido coautor de varios artículos científicos con Arlinghaus. También ha escrito meditaciones sobre la pesca para el público en general, como ”Estimado Jim: Reflexiones sobre la belleza de la pesca con caña” y “Anzuelo, línea y pensador: Pesca con caña y ética”.

ESTADOS DE BIENESTAR

Los que argumentan que los peces no pueden sentir dolor también enfatizan una visión del bienestar animal que está “basada en la función”. Sostienen que los indicadores cuantitativos de la salud de un pez -por ejemplo, las curvas de crecimiento y la fecundidad- son los mejores indicadores de su bienestar. Como han sostenido Arlinghaus y sus colegas, “podría ser aconsejable centrarse en indicadores objetivamente mensurables de la salud y la aptitud física de los peces después de la suelta, en lugar de basarse en conceptos científicamente inciertos como el sufrimiento”. Sin embargo, como ha demostrado David Fraser, zoólogo de la Universidad de Columbia Británica, el bienestar basado en la función es sólo una de las tres maneras en que los científicos y otros interesados en estos debates evalúan el bienestar de los animales. Algunos científicos consideran el bienestar “basado en la naturaleza”, que es la capacidad de llevar una vida natural en la naturaleza. Otros examinan el bienestar “basado en las experiencias”, que se centra en los estados mentales más que en la salud física y hace hincapié no sólo en evitar el estrés o el miedo sino también en la oportunidad de experimentar experiencias positivas.

Cualquier visión del bienestar animal está cargada de suposiciones. El propio Arlinghaus ha afirmado que el hecho de que los animales sufran “no es una pregunta que podamos responder”, aunque invoca un marco basado en la función para concluir que los peces no pueden sentir dolor. Dinesh Wadiwel, un académico dedicado a los estudios animales de la Universidad de Sydney, señaló, al criticar a Arlinghaus, que “si no tenemos la capacidad de verificar si los peces sienten o no… ¿cómo podemos decir con confianza que los estímulos nocivos ‘no le producen nada a un pez’? Es la duda, más que la confianza, lo que parece prevalecer”. Sneddon admite que el debate se ha vuelto “más filosófico”, y argumenta que aunque es “prácticamente imposible entrar en la mente del animal … creo que debemos dar a los peces el beneficio de la duda y tratarlos como si fueran capaces de percibir el dolor”. Braithwaite y Huntingford, basándose en su investigación sobre la memoria espacial en peces, han argumentado que “usando la propia lógica de Rose, si los peces tienen la capacidad de representación mental entonces debemos considerar que también pueden tener la capacidad de experimentar sufrimiento”.

A pesar de los ineludibles fundamentos filosóficos, los debates siguen realizándose con el lenguaje de la ciencia. El trabajo sobre el dolor en la trucha arcoíris realizado por Sneddon y sus colaboradores fue criticado como no reproducible en un estudio realizado en 2008 por N. C. Newby y E. D. Stevens de la Universidad de Guelph (Canadá). Sneddon replicó que los protocolos utilizados por Newby y Stevens diferían de los de su grupo. Señaló, entre otras desviaciones, que Newby y Stevens “utilizaban un diseño de alojamiento completamente diferente, en el que los peces se mantenían en tanques cilíndricos y estériles en lugar de tanques rectangulares estándar con grava”. Esto puede impedir la capacidad de realizar conductas como el movimiento de balanceo [que indica dolor]“. Sneddon, apelando a un modelo de bienestar basado en la naturaleza, argumentó que ya había demostrado que ”la trucha arcoíris no tiene comportamientos anómalos ni exhibe alteraciones fisiológicas tan elevadas en un entorno estéril como en un entorno enriquecido“. Sneddon y otros que creen que su trabajo demuestra que los peces pueden sentir dolor han sido a su vez acusados de llevar a cabo una ciencia ”basada en los sentimientos“, ”basada en la fe“, ”emocional“ y simplemente ”mala“. Sin embargo, Stuart Derbyshire, investigador del dolor en la Universidad de Singapur y escéptico del dolor en peces, señaló en 2016 que ”toda argumentación contra el dolor en peces se basa en si se acepta que el sistema nervioso de los peces es inadecuado para generar dolor“.

Mientras tanto, incluso la cuestión del origen del dolor en los humanos sigue sin resolverse. En respuesta a otra iteración más del argumento evolutivo de Smith y Rose, los célebres neurocientíficos Antonio y Hanna Damásio en 2016 escribieron que ”no estaban convencidos… de que el dolor en los humanos dependa exclusivamente de la corteza cerebral“. En cuyo caso, la ausencia de un neocórtex mamífero en peces difícilmente puede ser una buena base para negar que pueden sentir dolor.

EL IMPULSO DE LA CIENCIA

Gran parte de las investigaciones científicas relativas al debate sobre el dolor en peces se ha basado en malas fundamentaciones de la teoría evolutiva y en suposiciones pobremente razonadas sobre el funcionamiento del cerebro informadas por la pseudociencia racial de la Sudáfrica del apartheid. Durante más de 50 años estos fundamentos han estructurado sutilmente la dirección de la investigación y los términos del debate para ambos lados de la discusión. Las trayectorias de la investigación parecen tomar un impulso alimentado por nociones morales, legales y científicas sobre bienestar animal y filtradas a través de una discusión fundamentalmente ética entre los pescadores y la industria de la pesca con caña y los activistas por los derechos de los animales. Incluso cuando la ciencia no parece estar impulsada por individuos de uno u otro lado del debate sobre el dolor en peces, los investigadores se encuentran estudiando cuestiones específicas de la pesca con caña, centrando el grueso de la discusión y la experimentación en la boca del pez y el papel específico de los anzuelos. En muy pocas investigaciones se han considerado las experiencias negativas que los peces pueden tener a causa de otros estímulos, como los entornos marinos con baja concentración de oxígeno causados por contaminación de nutrientes y el calentamiento global, que probablemente sea una fuente de sufrimiento mucho mayor.

Los parámetros curiosamente estrechos del debate sobre el dolor en peces son el resultado de una peculiaridad en la legislación en Alemania occidental, que se ha interpretado como que permite la pesca para el sustento pero no para la recreación. Desde cierto punto de vista, entonces, nuestra historia trata de ciencia y sociedad y de cómo las trayectorias de la investigación y la generación de conocimiento pueden verse dirigidas por decisiones legales y encadenadas a valores y competición de intereses. En esta historia, el movimiento por los derechos de los animales se dirigió a un grupo de científicos y aquellos con un interés económico y político en continuar la pesca de captura y suelta se dirigió a otro. Las idealizadas “decisiones basadas en la evidencia” se revelan como ejercicios para emparejar diferentes formas de definir el bienestar animal con diferentes líneas de evidencia. Aquí podríamos decir que no sólo se ha politizado la ciencia del dolor en peces, sino que la política también se ha cientifizado, ya que cuestiones filosóficas, de valores e intereses contrapuestos se replantean como preguntas para los investigadores.

¿Pero qué nos dice todo esto sobre la ciencia y el bienestar animal? El número de peces capturados por las pesquerías mundiales cada año probablemente se contaría en billones. La piscicultura mata al menos otros 80.000 millones de peces cada año (incluso más individuos que los 70.000 millones de pollos que se matan anualmente para el consumo humano). En contraste con estas asombrosas cifras, la pesca recreativa parece contribuir relativamente poco al sufrimiento que experimentan los peces, las estimaciones sugieren que las capturas anuales de pesca con caña se cifran en cientos de millones.

Así, una dimensión distintiva de nuestra historia es cómo, guiada por precedentes legales parroquiales y un estrecho conjunto de intereses económicos y culturales, la ciencia fue capturada por un conjunto bastante excéntrico de preguntas relativas a una dimensión limitada del bienestar animal. Sin embargo, si la percepción del dolor causado por un solo anzuelo es un problema tan enredado en una red de ciencia y subjetividad que no tiene solución, ¿qué dice eso sobre nuestra obligación ética con los animales? Y si el sufrimiento de los peces es un ámbito ético que vale la pena perseguir, ¿qué hay de la pesca industrial, la piscicultura, el embalse de los ríos y los diversos procesos que conducen a la contaminación de los océanos y la depleción de oxígeno?

Tal vez cuando decidamos tomarnos en serio la experiencia completa de los peces en estos otros dominios, lo que aprenderemos del gran debate sobre el dolor en peces es que permitir que los juicios morales se condicionen y justifiquen sobre la base de una pregunta estrecha es en sí mismo un error moral. Una pregunta que en sí misma puede ser impugnada como subjetiva y por lo tanto fuera del ámbito de la ciencia. En cambio, en nombre de los otros animales, podríamos comenzar a hacernos el tipo de preguntas que nos hacemos a nosotros mismos. Una buena vida es más que vivir libre de dolor, pero de alguna manera, en el debate del dolor en peces esto llegó a olvidarse. 

Artículo publicado originalmente en Issues in Science and Technology.

CORRECCIÓN:

Este post ha sido actualizado para aclarar las posiciones de Robert Arlinghaus del Instituto Leibniz de Ecología de Agua Dulce y Pesca Continental y en la Universidad Humboldt de Berlín. Además, se ha corregido la descripción de la investigación del Profesor Arlinghaus para reflejar el hecho de que su investigación ha sido apoyada por organizaciones que abogan en nombre de la pesca con caña (no ”por empresas relacionadas con la pesca con caña», como se escribió originalmente). Además, la fecha de inicio del programa de investigación de Michael Gentle y Victoria Brathwaite fue 1999, no los primeros años de los 2000 y la afiliación de Michael Gentle es con el Instituto Roslin, no con la Universidad de Edimburgo.

Troy Vettese es un investigador del William Lyon Mackenzie King afiliado al Centro Weatherhead de la Universidad de Harvard. Becca Franks es profesora adjunta visitante en el Departamento de Estudios Ambientales de la Universidad de Nueva York. Jennifer Jacquet es profesora asociada en el Departamento de Estudios Ambientales de la Universidad de Nueva York.

LECTURAS RECOMENDADAS

Robert Arlinghaus, “Voluntary catch-and-release can generate conflict within the recreational angling community: A qualitative case study of specialised carp, Cyprinus carpio, angling in Germany,” Fisheries Management and Ecology 14, no. 2 (2007): 161–171.

Victoria Braithwaite, Do Fish Feel Pain? (New York, NY: Oxford University Press, 2010).

F. A. Huntingford, C. Adams, V. A. Braithwaite, S. Kadri, T. G. Pottinger, P. Sandøe, and J. F. Turnbull, “Current issues in fish welfare,” Journal of Fish Biology 68, no. 2 (2006): 332–372.

Brian Key, “Why fish do not feel pain,” Animal Sentience 3, no. 1 (2016): 1–34.



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